sábado, 18 de julio de 2009

Una película antes de morir


Ya sé que la muerte no se anda con cuentos, pero es un hecho que a mayor edad mayor es la proclividad a pensar en ella. Por eso crecer es triste porque eres consciente de que mueres diario. A esto hay que agregar los amigos, conocidos y fulanitos que se han marchado intempestivamente. Hace diez años no me inquietaba tanto la muerte, pero hoy es más frecuente ver el mar negro y abismal en mis sueños.

Esto viene a cuento porque ayer, en el lugar menos indicado, supe que Roberto había muerto en un accidente de auto. Entre el chacoteo de la gente, el ruido de los vasos al chocar y el desmadre de la quincena,vengo a enterarme en una cantina que hace un año él ya no está aquí. Y digo: mierda, nos distanciamos, lo extrañaba, creí que todavía había esperanza para el encuentro. Pero mis esperanzas se marcharon de putazo, como él. Y pienso en el ciclo que nos tocó vivir a ambos. Fuimos novios, pero no resultó porque no me gustaba ni un ápice;  creí que no importaba porque podíamos hablar de varias cosas, podíamos reírnos y filosofar. Cuando terminamos le dio el mal de amores, así que nos dejamos de ver. Pero después se recuperó. Entonces íbamos al cine, oíamos música, nos recomendábamos nuevos grupos, presumíamos nuestras adquisiciones musicales, hablábamos de viajes, de nuestras conquistas, de Laura, de ser felices con alguien. 

Su recámara era pequeña y la ocupaban libreros con discos compactos, libreros enteros con historias alrededor. Peter Murphy, Santa Sabina, Fratta, Roxy Music, Brian Ferry, David Byrne, Tuxedomoon, Cocteu Twins, This Mortal Coil, Soda Stereo, Consumatum Est, Lila Downs, David Byrne, Cafe Tacuba, Talking Heads, Kid Loco, Thievery Corporation, Los amantes de Lola, David Bowie, Hooverphonic, Radio Futura, Bel Canto, Dead Can Dance, Air, Veneno para las Hadas. Mi amigo era una enciclopedia musical y lo sabía, de ahí su soberbia; le gustaba la buena vida y no le pesaba viajar de Villa de Cortés a Satélite.

Y un día se nos metió el demonio. Nos peleamos por una vanalidad; le grité y se molestó. Él deseaba quedar bien con Laura, el amor de su vida, yo quería a dos diyeis en mi fiesta de cumpleaños, y Laura sólo quería mezclar. Nuestra hermosa Laura, que se divertía coqueteando diciéndole a Roberto cosas bonitas de mí, nuestra querida Laura, que después se volvió Ethel, terminó mezclando junto con otro diyei mientras Roberto y yo nos veíamos feo. A partir de entonces nos alejamos. A veces reaparecía pero ya nada fue igual entre nosotros. Laura, en cambio, se dio una oportunidad con Roberto.
Muchas veces pensé en marcarle y hablar para limar asperezas, pero no lo hice. Extrañaba nuestras charlas, la música, a su tía, a su madre, incluso a su hermano, quien me dio la noticia. 

Traté de pasármela bien en la cantina, pero ya tenía el nudo pesado en la garganta. A las seis de la mañana lloré como hace un año; llegaron los recuerdos como en película antigua, uno a uno. Quizá él también los tuvo a la hora en que lo acechaba la muerte. Espero que también haya visto la película y yo haya aparecido en algún cuadro.




viernes, 3 de julio de 2009

lunes, 29 de junio de 2009

Mi alimento

Hace un año dejé de comer. Mi cuerpo lo resintió con cinco kilos menos, mi rostro se demacró y mi espíritu se tambaleó en segundos; no podía conciliar el sueño, dormir era un suplicio porque me quedaba varada en un mar espeso, oscuro y terriblemente silencioso; al despertar la frialdad de la cama me recordaba las camillas de sala de operación. Fui una piltrafa durante tres meses, los siguientes fui recuperando la cordura y la sonrisa.
Hoy mi cuerpo se ha curado de espanto, mi espíritu está en proceso. Curiosamente doce meses después me pagan por comer. Y me gusta porque me estoy alimentando con mi propio ego, mis creencias y pensamientos, chaquetas, impresiones, deducciones, principios. Quiero comerme al mundo y estoy comenzando a hacerlo, con pizzas y postres. Después no sé qué siga, quizá despedir al letargo.

martes, 23 de junio de 2009

Ilusiones desmembradas


Podría comenzar siendo la historia de una película romántica en la que los protagonistas, sin ser los más guapos y mucho menos los más populaIes se encuentran en medio de una fiesta. Y desde entonces no se dejan de ver. Esto sucede con David y Harriet, personajes que dan vida a la novela El quinto hijo, de Doris Lessing.

David y Harriet se han enamorado y de inmediato se casarán y de inmediato vendrán los hijos; uno a uno, los que el señor les mande, porque ambos creen en el poder de la naturaleza y no en ir contra ella. David tendrá que trabajar como burro para mantener a su familia, no hay elección, tampoco para ser independiente del dinero que su padre continuamente dará para la manada. Así, en una enorme casa en las afueras de Londres la pareja estará la mayor parte del tiempo rodeado de reuniones familiares, de pañales, de gritos, como siempre lo soñó Harriet. Hasta que nace el quinto hijo.

La familia feliz deja de serlo con la llegada de Ben. Ya desde el embarazo, Harriet había experimentado una sensación distinta que con los demás: “si alguna dosis de algún calmante mantenía quieto al enemigo (así consideraba ahora a aquella criatura salvaje que llevaba dentro) durante una hora, entonces aprovechaba al máximo el tiempo y dormía un sueño rápido, aferrándolo, absorbiéndolo, antes de saltar de la cama cuando despertaba con un empujón y un estirón que la ponía enferma”. Esto era quizá un aviso de lo que vino después: “ella alzó en el aire al bebé, que forcejeaba, pataleaba, lloraba de aquella forma peculiar, consistente en una especie de rugido o bramido, mientras se ponía blanco amarillento de rabia, en vez de colorado como un bebé normal”.

Poco a poco la atmósfera de “love is in the air”, se transformará en un ambiente oscuro, incluso terrorífico; ahora un pequeño monstruo domina todo cuanto está a su alrededor; el quinto hijo, además de parecer un gnomo colérico y hostil, resultará ser una criatura tétrica, capaz de provocar miedo a cualquiera. Los hermanos de Ben serán víctimas del ser, se atendrán a sus gritos, a su fuerza bruta, a sus chillidos, a sus modos, a sus pocas palabras, a su mirada turbia, a sus gruñidos. Harriet y David también serán víctimas del quinto hijo al grado de dejar de hacer el amor por temor a embarazarse y tener otro hijo. Como Ben.

Disfuncional, así terminará siendo la familia soñada de Harriet. Mientras Ben crece y convive con malvivientes, los demás hijos terminarán huyendo a internados o con familiares; David no dejará de trabajar hasta volverse taciturno, una sombra sin color.

Lo que atrae en esta novela es el conflicto interno de Harriet, la madre que sufre por ese hijo, por quererlo lejos y a la vez cerca. Remordimientos que se verán reflejados cuando lo recoge de la institución a la cual Ben fue enviado. La maternidad, supongo, y lo que viene después no es color de rosa. Fuera de toda idealización –espero que no me tachen de insensible por el hecho de no haber tenido hijos– creo que las madres tienen derecho a cuestionarse lo relacionado con la procreación, su papel, el tener consentidos e incluso el no haberse emocionado como con el primer hijo, el desear su partida, el querer su individualidad. La madre tiene derecho, pero Harriet se lo negará continuamente.
Conocida por El Cuaderno Dorado, Doris Lessing nació en 1919 en Kermanshah, Persia (actual Irán). Su obra abarca temas que van desde obras de contenido social y político (The grass is singing), hasta thrillers psicológicos o de ciencia ficción (Canopus). Cuentan que esta mujer de ochenta y tantos años es sencilla, callada y a la vez carismática, que le da por escribir en ciertos cafés, que tiene muchos gatos y suele darle de comer a los pájaros mientras está en el jardín de su casa. Esta mujer, de rostro de abuela bonachona, es defensora del feminismo, pero no feminista; se casó dos veces y fue simpatizante del Partido Comunista Británico. Además participó en varias campañas contra las armas nucleares, de hecho le fue prohibida su entrada a Sudáfrica debido a sus duras críticas al régimen, al igual que en Rhodesia.

jueves, 11 de junio de 2009

Diván

Me siento o  mejor dicho, me recuesto. Mis pies están inmóviles, minutos después se mueven como si les hubieran puesto pica pica. Miro la habitación; los libros, los sillones, la maceta, escucho las voces de afuera y también mis propias voces. Pero no hablo. 

Sigo enfrascada en mis pensamientos; que si no tengo trabajo; que si la renta ya toca; que si no sé hacia dónde moverme; que si preferiría vivir sola que con un ser intolerante; que si ya me quiero ir, que si ya me quiero ir ahorita; que ya si me quiero ir de esta ciudad; que si mi familia es muy misteriosa; que si hay algo oscuro en ella; que si tengo antojo de esquites; que si tengo sueño, que si le sigo temiendo a la mariposa negra, que si los laberintos jamás desaparecen.

Mis pensamientos se interrumpen 45 minutos después cuando mi analista me dice: "nos vemos la próxima semana".

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