lunes, 20 de agosto de 2012

Estar en las nubes




Lo difícil no fue el sexo, fue cuando las almas estaban desnudas.
Andreas Dresen


En primavera todo brota, digamos que los ánimos se van descongelando.  Es en esta estación cuando a Inge le afloran nuevos sentimientos después de 30 años de vivir con la misma persona. Algo que nunca esperó: se enamoró a sus setenta y tantos años y tomó una determinación.

La generación a la cual pertenece Inge es la de aquellas mujeres acostumbradas a pensar en los demás y no en ellas, a servir a la familia, a vivir de costumbres y hábitos, así lo expresa Andreas Dresen frente a los espectadores que vimos Entre nubes (Wokle 9, 2008), su película.  Inge se ve invadida por la fuerza de la naturaleza; siempre tratamos de controlar las cosas en la vida, pero por suerte queda una que no se puede controlar: el amor, dice Andreas frente a un público que no ha hecho más que juzgar a la protagonista con preguntas moralistas después de la proyección.


Y es que difícilmente podríamos imaginar a dos setentones enamorados como quinceañeros haciendo el amor en una mezcla de cotidianidad y realismo; escenas cuidadosamente llevadas, espontáneas, como la vida de los protagonistas y los diálogos improvisados, pues resulta que no hubo un guión, sino que fueron esas personas de la tercera edad quienes construyeron la historia junto con el director. De hecho Dresen cuenta que cuando vio la película española Elsa y Fred se enojó mucho pues mostraba a los viejos como unos tontos, no era una anécdota creíble. Había que reivindicarlos con la historia de una mujer que decide liberarse y vivir sus sentimientos dejando a un lado los estereotipos de la vejez y sobre todo los que lleva una mujer per se: ser buena madre, buena esposa, buena abuela.


En cien minutos sale el sol, llueve y vuelve a salir, como las emociones de Inge, quien terminará confesándose con su esposo ante sus remordimientos ¿o sentimientos? Así se va construyendo una tragedia en un triángulo en donde tristemente sobra uno.


La primavera de Inge es intensa, es una historia que conmueve. No se le juzga por estar en las nubes, se le entiende.

jueves, 16 de agosto de 2012

Reflexiones antes de dormir

La bicicleta me ha equilibrado de un año a la fecha. Estoy sorprendida de mi reacción ante el fracaso con R. En otras circunstancias quizá estaría melancólica. Pero resulta que estoy bien y que cada que tomo el manubrio pienso como equilibrar mi vida sin bajarme de la bici (cada vez pemanezco más tiempo suspendida en los semaforos).

La bicicleta me ha dado fuerza, incluso entereza cuando pienso que voy a claudicar. Pero resulta que no me gusta poner los pies sobre la tierra, que prefiero estar en el aire y a veces no pisar la realidad. Creo o más bien estoy segura de que mi bici y yo ya somos cómplices, pasamos a otro nivel, al que nunca pude llegar con R.

domingo, 8 de julio de 2012

Más de cerca

 
En bicicleta se puede mirar el mundo más de cerca. Hoy la ciudad estaba despejada, así que se podía observar a detalle, como cuando pones una lupa frente a ti y el mundo se agranda.
La calle empedrada sacudía mi cuerpo y me recordaba a los asientos-vibradores para masaje de los centros comerciales. Nosotras pasamos a dos ruedas, el hombre pasó caminando en la banqueta. De pronto cayó abruptamente al piso, nos volteamos a ver sin saber qué hacer ante la espuma de su boca y los brazos torcidos como poseído. Segundos o quizá un minuto, el hombre, que se llamaba Lorenzo, estaba extenuado, como si hubiera corrido un día entero.
Lo acomodamos en una barda, le dimos agua. Lorenzo traía una credencial colgada que decía: Epiléptico. Trabajaba en una constructora pero su jefe lo despachó ante la amenaza de que cayera de un andamio.  Al parecer la altura de la ciudad le provocaba más ataques. Angustiado porque su jefe  le debía 1200 pesos lo buscó en la constructora sin encontrarlo, tampoco en su teléfono. Era evidente que su rumbo no era la ciudad de México y que iba a estar mejor con su esposa e hijos en Oaxaca, su tierra.  Las carteras se vaciaron; pusimos el dinero en su bolsita de plástico que sustituía al monedero.
Son las 10 de la noche, quién sabe si realmente Lorenzo se fue a su pueblo o si estará caminando entre la lluvia esperando a que llegue su jefe a la constructora para pagarle.

lunes, 4 de junio de 2012

Decisiones desde arriba


 
Tenía problemas en el vientre. Su rutina consistía en llevarse al baño su neceser con el cepillo de dientes y el maquillaje. Pero antes debía echar el aire que su cuerpo enjuto guardaba.
              Llevaba quince años en aquel corporativo. Durante ese tiempo sólo se apareció cinco veces en el comedor industrial repleto de cientos de empleados que se miraban las caras sin saber siquiera sus nombres. Sol vetó aquel lugar con la ilusa idea de suprimir sus gases, cambiando sus costumbres alimenticias por comida rápida del centro comercial. 
              Los corporativos son un caso. En las mañanas huelen a flores del campo y en las tardes cloaca, a descomposición de empleados digiriendo las albóndigas, a empleado con el jefe “atorado”, incapaz de vomitarlo o de cagarlo por el temor a ser despedido, a chismes de oficina de hombrecillos que no saben vivir fuera de ella.
              Se rumoraba que Sol era la del escándalo en el baño justo a las tres de la tarde, pero nadie podía asegurarlo. La veían tan propia con esas faldas de marca mostrando sus rodillas huesudas, que les costaba trabajo visualizar a esa directora en periodo de descomposición permanente.
              En el baño aprendió a ser paciente y a esperar a que saliera la última mujer para poder abrir la puertecilla del escusado y respirar aliviada ante su ametralladora. Afortunadamente en su oficina era libre.
              Cierto día se quedó trabajando hasta muy tarde, pues tenía que presentar el informe anual ante el director general y otras personas. Como ya no necesitaba a su asistente la despachó y se quedó sola. Sola y sus gases.
              A pesar de las pastillas antiefluvios, éstos no lograban disiparse, sino que iban en aumento. Afortunadamente el piso 2 estaba desierto, incluso el personal de limpieza se había ido.  En su escritorio, entre papeles y documentos, Sol, con el botón del pantalón desabrochado, intentaba concentrarse, pero los ruidos de sus entrañas se lo impedían. Uno tras otro, de menor a mayor intensidad, las ventosidades estremecían las ventanas de su oficina.
              “Quizá ir al baño, sacar lo que me encabrona, lo que no me parece, gritarlo a pedos, a mierda, sacudir mis entrañas y sentirlas hasta el fondo”, pensaba Sol. Sin embargo al moverse de su escritorio se percató de que sus zapatos no estaban pisando la tierra.  Tallando sus ojos como si despertara de un sueño, se dio cuenta de que levitaba conforme los gases salían de su cuerpo. Flotando llegó a la oficina de sus subordinados. Podía mirar sus fotos familiares sobre los corchos, sus post its con recaditos de amor, las tazas con el logotipo de la empresa y las plumas de múltiples formas.
                Sol se despreocupó y por primera vez en sus 57 años de vida se dejó ir.  Ni siquiera cuando era niña y se columpiaba se soltaba. Solía poner el pie derecho como freno, raspando casi siempre sus zapatos de charol. Lo que más le preocupaba era sentir el estómago hasta arriba, como en la Montaña Rusa y que alguien más la jalara hacia un aterrizaje forzoso, hacia el abismo. En aquel entonces su madre sólo se percataba de que sus zapatos tenían que ser sustituidos cada tres meses por unos nuevos porque a la niña no le duraban.
                Es viernes por la mañana. Rosita, la asistente, no se extrañó de ver la computadora prendida, su jefa solía dejarla así.  Sol había llegado hasta el lobby del corporativo donde escrutaba la llegada de cada empleado, desde el rincón superior derecho, su nueva ubicación. Veía los escotes, las calvas prematuras de los jóvenes, la caspa de algunas chicas, la gomina pegada al cabello de ciertos empleados, una nueva dimensión. 
                Cuando el vigilante la descubrió le llamó a los de seguridad para que comenzaran con la operación de rescate, pero ella se negó. 
                “Flotando la vida es más sencilla. Tuve muchos años los pies en la tierra y ya estoy cansada de raspar los zapatos. Quiero explayarme, sacar lo que nunca me he atrevido. Las flatulencias son parte de mí, me han hecho volar y definitivamente no quiero bajar”, escribió su asistente en un comunicado dictado desde arriba por su jefa y que circuló entre el personal de la empresa.
                 Hoy son las tres de la tarde, Sol ya es parte del paisaje del corporativo. Las chicas siguen con su rutina de retocarse el maquillaje y sacarse disimuladamente el pedazo de carne atorada que no sale con el cepillo de dientes. Siguen mirándose de reojo en el espejo del baño para ver quién trae los mejores zapatos. Por ahora se acabaron las suposiciones, “habrá que encontrar un nuevo rumor”, piensan sin decirlo.

lunes, 14 de mayo de 2012

Inspiraciones

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El hombre camina en la nieve y cada vez que sus pasos intentan ir más rápido sus pies se sumen, como si se dejaran llevar por la profunidad del paisaje. Sólo veremos la blancura  cegadora y al hombre mover los pies sin cambiar de ritmo, sin alterarse siquiera ante la monotonía del blanco. Su respiración se entrecorta, sale vaho de su boca, quizá la manera de comprobar que sigue vivo. No hay atras, ni adelante, sólo un horizonte abismal, mudo.
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