viernes, 20 de junio de 2014

Despedida






Estábamos en una reunión, al parecer era en el campo. Había varias personas. Mi amigo estaba particularmente sensible. Sentado junto a mí, que fui su pareja durante pocos meses, comenzó a llorar. Lo abrace y así permanecimos varios minutos. 

“Fui una pareja vieja para ti, para M, para X y para C. No hay mucho que hacer. Estoy harto del veneno mensual. A la chingada, me doy por vencido. He decidido soltarme”, dijo mi amigo.

Me dejó unos minutos en el sillón y desde la ventana vi cómo abrazaba a otra chica, quizá otra ex novia.

El despertador sonó a las 8 de la mañana. Aún no podía distinguir si me encontraba llorando en el campo con mi amigo o tras las cobijas. De lo único que estaba segura era de que deseaba escuchar su voz y guardar la certeza de su respiración con toses intermitentes incluidas.

jueves, 22 de mayo de 2014

Sobreexposición visual


Sales a la calle y miras lo que se te dé la gana. Miras a la gorda con mayones blancos, a la escuálida con mayones negros, el tatuaje del cajero del Oxxo, la joroba de la octagenaria, a los oficinistas con círculos de grasa en el saco, a las cougars de tacones-zancos, a los ciclistas amateurs, también a los hombres que caminan por el camellón.  Miras el “se renta”, también al vagabundo con media pierna de fuera, a la cucaracha color cabello de algunas mujeres, a la loca que grita entre los coches y te recuerda que las brujas existen; al hombre y a la mujer poco agraciados, al cielo color melón, al piso y a los escupitajos, a los zapatos del aparador, a los encabezados de los periódicos, al niño con los mocos en la mitad del rostro, a los vientres amasados con rodillo, a los que ya se salieron de cauce, el sol, la luna, al albañil de pantalones pegados, a la chica bien con ropa de marca, a la mesa de al lado, al extranjero con mapa en mano, al ojiverde, a la mujer de labio leporino, al perro dando pasitos como de ballet, a la dueña gritándole, a las gotas de lluvia, a la pared resquebrajada por otro temblor, a las flores marchitas, a los sanjuderos con cejas depiladas, al de los periódicos, a la virgen del taxista, a la viejita con el hijo tarado, al matrimonio aburrido, a los novios devorándose en un rincón del metro, al hombre que sabrosea a la mujer de minifalda, al mensajero de la moto, al “viene, viene”.


Miras y si te cansas, cierras los ojos y escuchas lo que hay a tu alrededor. Lo más seguro es que no puedas permanecer ni diez minutos con los ojos cerrados porque querrás ver todo lo que se te dé tu regalada gana.

domingo, 20 de octubre de 2013

Paraíso: de cuento a película




Ayer vi por primera vez Paraíso. Después de la proyección hubo una sesión de preguntas. Aún no terminaba de asimilar la película cuando Mau hizo LA PREGUNTA:

Mau: ¿Qué te pareció la adaptación a cine? ¿Ves muchas diferencias?
Yo: Mmmmm, más o menos. Es que en mi historia la chica es la que sugiere ponerse a dieta y en la película el chico es quién lo sugiere.
Público: ¡Noooooooooooo!
(Risas, muchas carcajadas)

Y no me queda más que reírme de mí misma, de mi lapsus, de los nervios de hablar en público, de que me agarraron en curva y de que tenía pocos segundos para contestar acertadamente.

Ahora podría dar mi respuesta:

Siempre habrá diferencias entre algo escrito y algo visto en cine, lo cual obedece a que es una metáfora. En este caso la primera parte es similar a mi historia, es decir, se pone a los personajes en un contexto, se les muestra como son: amorosos,  compañeros y amigos. Después viene la otra parte, la que la guionista y directora recreó acertadamente. Mi cuento es crudo, pero Mariana Chenillo pudo mostrar lo entrañable de los personajes, su esencia.

Carmen es como yo la imagine, hermosa, tierna, con actitud y fuerza; Alfredo logra la evolución de su personaje. Los dos van en declive cuando su paraíso se vuelve un infierno, desolador, cuando las formas terminan separándolos.

Fue muy emocionante oír las porras de mi novio, de mi familia y de mis amigos en la sala 1 del Cinépolis, como si estuviera en un concurso; también las felicitaciones de conocidos y extraños, las preguntas y las respuestas tergiversadas (por los nervios, aclaro).

En el 2004 nunca pensé que esta película se fuera a concretar. Hoy miro carteles en el centro de Morelia y recuerdo a Pablo, el productor, que desde el día uno se enamoró del cuento y apostó por él. Y yo recuerdo que un día mi querida prima Ana Paula me contó la anécdota de una pareja con sobrepeso. 

Así fue como decidí escribir sobre mi propio paraíso.



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viernes, 19 de julio de 2013

Lo que hay es la luz





La vida no puede permanecer sin marcas, son ellas las que nos determinan a lo largo del camino. Hace casi tres meses a mí me determinó la partida de Gaby, mi querida amiga y comai, quien se fue sorprendida ante los volcanes que se alcanzaban a ver aquella tarde.

Gaby me regaló una lámpara que puse casi inmediatamente después de su partida; Aurelio Asian, el título de un poema que sin querer queriendo reunía lo que en ese momento y hasta ahora siento.

Diario prendo la luz que Gaby me dejó. Eso es lo que hay, lo que queda.

lunes, 17 de junio de 2013

Pies sobre la tierra

Odiaba a sus pies. Tanto que cuando iba a la playa los metía dentro de la arena; las sandalias con los pies desnudos no iban nunca incluidas dentro de su maleta, ni en tiempo de calor.  Ana se había acostumbrado a no mirar sus pies, sabía que tenía que tallarlos y cortarles las uñas de vez en cuando, también ponerles zapatos o botas antilluvia.
          Llevaba un tiempo sin salir con nadie. El chico que hacía ejercicio en el camellón la había mirado varias veces sin atreverse a hacerle plática. Hasta que por fin lo hizo. Hablaron durante más de cuatro horas en su primera cita, quedaron de verse al día siguiente y al siguiente.
          Los problemas comenzaron cuando Juan, que así se llamaba el chico, cierta noche quiso besar sus pies, entonces le quitó los calcetines, pero Ana le dio una bofetada que lo mandó al suelo. Resultó que Juan tenía una fijación con los pies femeninos y todas sus mujeres se habían acoplado a sus costumbres y a su podofilia. Para él los pies eran la base de la vida, mientras que para Ana, simplemente un artículo de primera necesidad. Juan quedó desconcertado, pero esperaría a la primera oportunidad para tratar el tema de su filia y del rechazo de su mujer. 
          Un día Ana y Juan fueron a una boda, de esas a las que uno está obligado a ir por compromiso. Se dedicaron a probar cuanto bocadillo pasaban en la mesa y a beber sin mesura. Después de mezclar vino y ron se pararon a bailar cumbia y salsa, se movieron como dos expertos, los invitados los veían con admiración. Sin embargo en una rumba con doble vuelta incluida, Ana perdió la tapa de su zapato y cayó al suelo con las piernas abiertas. No se podía mover, le quitaron los zapatos y ella perdidamente borracha no se percató. Así fue como Juan descubrió que su mujer había nacido en lo más profundo del mar, sus pies así lo indicaban.
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