viernes, 27 de junio de 2014

De cuando la afinidad no requiere de artilugios






Sucedió que un arquitecto pensó en dos ventanas y un albañil las construyó. Así fue como se encontraron y coincidieron. No necesitaron embonar una en la otra, ni siquiera se esmeraron en forzar las cosas entre ellas, sólo se acoplaron sin tener que decirse.

A veces una se abre, a veces la otra permanece cerrada, pero no importa porque saben que en algún momento se van a coordinar sin cuestionar por qué la pared donde reposa una está más sucia o por qué hay una grieta en la pared donde vive la otra.

Las ventanas llevan años juntas. Hasta ahora han sobrevivido a tormentas, granizos, rayos, fríos, temblores y rayos ultravioleta. Lamentablemente su arquitecto no corrió con la misma suerte, sin embargo ellas siguen como el primer día. 

Al igual que las paredes conocen los secretos, aunque jamás osarían contarlos; distinguen los gritos, las peleas y los murmullos de sus habitantes, incluso sus gustos musicales.  Son perspicaces, saben por ejemplo, que la pareja del 403 jamás encontrará la pieza faltante del rompecabezas y mucho menos la empatía. Hay momentos en que desearían manifestarse y gritarles desde arriba “huyan de ustedes, nunca van a coincidir”, pero esto no sucederá porque las ventanas no hablan.


viernes, 20 de junio de 2014

Despedida






Estábamos en una reunión, al parecer era en el campo. Había varias personas. Mi amigo estaba particularmente sensible. Sentado junto a mí, que fui su pareja durante pocos meses, comenzó a llorar. Lo abrace y así permanecimos varios minutos. 

“Fui una pareja vieja para ti, para M, para X y para C. No hay mucho que hacer. Estoy harto del veneno mensual. A la chingada, me doy por vencido. He decidido soltarme”, dijo mi amigo.

Me dejó unos minutos en el sillón y desde la ventana vi cómo abrazaba a otra chica, quizá otra ex novia.

El despertador sonó a las 8 de la mañana. Aún no podía distinguir si me encontraba llorando en el campo con mi amigo o tras las cobijas. De lo único que estaba segura era de que deseaba escuchar su voz y guardar la certeza de su respiración con toses intermitentes incluidas.

jueves, 22 de mayo de 2014

Sobreexposición visual


Sales a la calle y miras lo que se te dé la gana. Miras a la gorda con mayones blancos, a la escuálida con mayones negros, el tatuaje del cajero del Oxxo, la joroba de la octagenaria, a los oficinistas con círculos de grasa en el saco, a las cougars de tacones-zancos, a los ciclistas amateurs, también a los hombres que caminan por el camellón.  Miras el “se renta”, también al vagabundo con media pierna de fuera, a la cucaracha color cabello de algunas mujeres, a la loca que grita entre los coches y te recuerda que las brujas existen; al hombre y a la mujer poco agraciados, al cielo color melón, al piso y a los escupitajos, a los zapatos del aparador, a los encabezados de los periódicos, al niño con los mocos en la mitad del rostro, a los vientres amasados con rodillo, a los que ya se salieron de cauce, el sol, la luna, al albañil de pantalones pegados, a la chica bien con ropa de marca, a la mesa de al lado, al extranjero con mapa en mano, al ojiverde, a la mujer de labio leporino, al perro dando pasitos como de ballet, a la dueña gritándole, a las gotas de lluvia, a la pared resquebrajada por otro temblor, a las flores marchitas, a los sanjuderos con cejas depiladas, al de los periódicos, a la virgen del taxista, a la viejita con el hijo tarado, al matrimonio aburrido, a los novios devorándose en un rincón del metro, al hombre que sabrosea a la mujer de minifalda, al mensajero de la moto, al “viene, viene”.


Miras y si te cansas, cierras los ojos y escuchas lo que hay a tu alrededor. Lo más seguro es que no puedas permanecer ni diez minutos con los ojos cerrados porque querrás ver todo lo que se te dé tu regalada gana.

domingo, 20 de octubre de 2013

Paraíso: de cuento a película




Ayer vi por primera vez Paraíso. Después de la proyección hubo una sesión de preguntas. Aún no terminaba de asimilar la película cuando Mau hizo LA PREGUNTA:

Mau: ¿Qué te pareció la adaptación a cine? ¿Ves muchas diferencias?
Yo: Mmmmm, más o menos. Es que en mi historia la chica es la que sugiere ponerse a dieta y en la película el chico es quién lo sugiere.
Público: ¡Noooooooooooo!
(Risas, muchas carcajadas)

Y no me queda más que reírme de mí misma, de mi lapsus, de los nervios de hablar en público, de que me agarraron en curva y de que tenía pocos segundos para contestar acertadamente.

Ahora podría dar mi respuesta:

Siempre habrá diferencias entre algo escrito y algo visto en cine, lo cual obedece a que es una metáfora. En este caso la primera parte es similar a mi historia, es decir, se pone a los personajes en un contexto, se les muestra como son: amorosos,  compañeros y amigos. Después viene la otra parte, la que la guionista y directora recreó acertadamente. Mi cuento es crudo, pero Mariana Chenillo pudo mostrar lo entrañable de los personajes, su esencia.

Carmen es como yo la imagine, hermosa, tierna, con actitud y fuerza; Alfredo logra la evolución de su personaje. Los dos van en declive cuando su paraíso se vuelve un infierno, desolador, cuando las formas terminan separándolos.

Fue muy emocionante oír las porras de mi novio, de mi familia y de mis amigos en la sala 1 del Cinépolis, como si estuviera en un concurso; también las felicitaciones de conocidos y extraños, las preguntas y las respuestas tergiversadas (por los nervios, aclaro).

En el 2004 nunca pensé que esta película se fuera a concretar. Hoy miro carteles en el centro de Morelia y recuerdo a Pablo, el productor, que desde el día uno se enamoró del cuento y apostó por él. Y yo recuerdo que un día mi querida prima Ana Paula me contó la anécdota de una pareja con sobrepeso. 

Así fue como decidí escribir sobre mi propio paraíso.



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viernes, 19 de julio de 2013

Lo que hay es la luz





La vida no puede permanecer sin marcas, son ellas las que nos determinan a lo largo del camino. Hace casi tres meses a mí me determinó la partida de Gaby, mi querida amiga y comai, quien se fue sorprendida ante los volcanes que se alcanzaban a ver aquella tarde.

Gaby me regaló una lámpara que puse casi inmediatamente después de su partida; Aurelio Asian, el título de un poema que sin querer queriendo reunía lo que en ese momento y hasta ahora siento.

Diario prendo la luz que Gaby me dejó. Eso es lo que hay, lo que queda.
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