Y pasa que esos que alguna vez fueron parte de tu vida se
convierten en un poste, en una pared, en una calle a las cuatro de la mañana,
en un infomercial. Pasa que sus voces, aunque familiares, son ecos que retumban
en tus oídos sin provocar. Pasa que ya no te identificas con sus proyectos, ni
con su círculo de amigos pasados o recientes y menos con sus deseos. Pasa que
los abrazos se articulan mecánicamente, con los brazos y las manos de robot.
viernes, 4 de julio de 2014
Hoy
viernes, 27 de junio de 2014
De cuando la afinidad no requiere de artilugios
Sucedió que un arquitecto pensó en dos ventanas y un albañil las construyó. Así fue como se encontraron y coincidieron. No necesitaron embonar una en la otra, ni siquiera se esmeraron en forzar las cosas entre ellas, sólo se acoplaron sin tener que decirse.
A veces una se abre, a veces la otra permanece cerrada, pero
no importa porque saben que en algún momento se van a coordinar sin cuestionar
por qué la pared donde reposa una está más sucia o por qué hay una grieta en la
pared donde vive la otra.
Las ventanas llevan años juntas. Hasta ahora han sobrevivido
a tormentas, granizos, rayos, fríos, temblores y rayos ultravioleta. Lamentablemente
su arquitecto no corrió con la misma suerte, sin embargo ellas siguen como el primer día.
Al
igual que las paredes conocen los secretos, aunque jamás osarían contarlos; distinguen
los gritos, las peleas y los murmullos de sus habitantes, incluso sus gustos
musicales. Son perspicaces, saben por
ejemplo, que la pareja del 403 jamás encontrará la pieza faltante del
rompecabezas y mucho menos la empatía. Hay momentos en que desearían
manifestarse y gritarles desde arriba “huyan de ustedes, nunca van a
coincidir”, pero esto no sucederá porque las ventanas no hablan.
viernes, 20 de junio de 2014
Despedida
Estábamos en una reunión, al parecer era
en el campo. Había varias personas. Mi amigo estaba particularmente sensible.
Sentado junto a mí, que fui su pareja durante pocos meses, comenzó a llorar. Lo
abrace y así permanecimos varios minutos.
“Fui una pareja vieja para ti, para M,
para X y para C. No hay mucho que hacer. Estoy harto del veneno mensual. A la
chingada, me doy por vencido. He decidido soltarme”, dijo mi amigo.
Me dejó unos minutos en el sillón y desde
la ventana vi cómo abrazaba a otra chica, quizá otra ex novia.
El despertador sonó a las 8 de la mañana. Aún no podía distinguir si me encontraba llorando en el campo con mi amigo o tras las cobijas. De lo único que estaba segura era de que deseaba escuchar su voz y guardar la certeza de su respiración con toses intermitentes incluidas.
El despertador sonó a las 8 de la mañana. Aún no podía distinguir si me encontraba llorando en el campo con mi amigo o tras las cobijas. De lo único que estaba segura era de que deseaba escuchar su voz y guardar la certeza de su respiración con toses intermitentes incluidas.
jueves, 22 de mayo de 2014
Sobreexposición visual
Sales a la calle y miras lo que se te dé la gana. Miras a la
gorda con mayones blancos, a la escuálida con
mayones negros, el tatuaje del cajero del Oxxo, la joroba de la octagenaria, a los oficinistas con círculos de grasa en el saco, a las
cougars de tacones-zancos, a los ciclistas amateurs, también a los hombres que
caminan por el camellón. Miras el “se renta”, también al vagabundo con media
pierna de fuera, a la cucaracha color cabello de algunas mujeres, a la loca que
grita entre los coches y te recuerda que las brujas existen; al hombre y a la
mujer poco agraciados, al cielo color melón, al piso y a los escupitajos, a los
zapatos del aparador, a los encabezados de los periódicos, al niño con los
mocos en la mitad del rostro, a los vientres amasados con rodillo, a los que ya
se salieron de cauce, el sol, la luna, al albañil de pantalones pegados, a la
chica bien con ropa de marca, a la mesa de al lado, al extranjero con mapa en
mano, al ojiverde, a la mujer de labio leporino, al perro dando pasitos como de
ballet, a la dueña gritándole, a las gotas de lluvia, a la pared resquebrajada
por otro temblor, a las flores marchitas, a los sanjuderos con cejas depiladas,
al de los periódicos, a la virgen del taxista, a la viejita con el hijo tarado,
al matrimonio aburrido, a los novios devorándose en un rincón del metro, al hombre que sabrosea a la mujer de minifalda, al
mensajero de la moto, al “viene, viene”.
Miras y si te cansas, cierras los ojos y escuchas lo que hay
a tu alrededor. Lo más seguro es que no puedas permanecer ni diez minutos con
los ojos cerrados porque querrás ver todo lo que se te dé tu regalada gana.
domingo, 20 de octubre de 2013
Paraíso: de cuento a película
Ayer vi por primera vez Paraíso. Después de la proyección
hubo una sesión de preguntas. Aún no terminaba de asimilar la película cuando Mau hizo LA PREGUNTA:
Mau: ¿Qué te pareció la adaptación a cine? ¿Ves muchas diferencias?
Yo: Mmmmm, más o menos. Es que en mi historia la chica es la
que sugiere ponerse a dieta y en la película el chico es quién lo sugiere.
Público: ¡Noooooooooooo!
(Risas, muchas carcajadas)
Y no me queda más que reírme de mí misma, de mi lapsus, de
los nervios de hablar en público, de que me agarraron en curva y de que tenía
pocos segundos para contestar acertadamente.
Ahora podría dar mi respuesta:
Siempre habrá diferencias entre algo escrito y algo visto en
cine, lo cual obedece a que es una metáfora. En este caso la primera parte es
similar a mi historia, es decir, se pone a los personajes en un contexto, se
les muestra como son: amorosos,
compañeros y amigos. Después viene la otra parte, la que la guionista y
directora recreó acertadamente. Mi cuento es crudo, pero Mariana Chenillo pudo
mostrar lo entrañable de los personajes, su esencia.
Carmen es como yo la imagine, hermosa, tierna, con actitud y
fuerza; Alfredo logra la evolución de su personaje. Los dos van en declive
cuando su paraíso se vuelve un infierno, desolador, cuando las formas terminan
separándolos.
Fue muy emocionante oír las porras de mi novio, de mi
familia y de mis amigos en la sala 1 del Cinépolis, como si estuviera en un
concurso; también las felicitaciones de conocidos y extraños, las preguntas y
las respuestas tergiversadas (por los nervios, aclaro).
En el 2004 nunca pensé que esta película se fuera a
concretar. Hoy miro carteles en el centro de Morelia y recuerdo a Pablo, el
productor, que desde el día uno se enamoró del cuento y apostó por él. Y yo
recuerdo que un día mi querida prima Ana Paula me contó la anécdota de una
pareja con sobrepeso.
Así fue como decidí escribir sobre mi propio paraíso.
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