lunes, 2 de noviembre de 2015
Disparidad
Lo que tú ves yo no lo veo,
lo que yo veo tú no lo ves.
Y así nuestro estrabismo emocional.
miércoles, 12 de agosto de 2015
EL MAR EN TODAS PARTES
Cuando era niño creí firmemente que el mar dejaba de producir olas al terminarse las vacaciones. Enterarme de que no era así, de que seguían rompiendo en la playa cuando nosotros estábamos de vuelta a la escuela, me dejó atónito. No podía entender semejante desperdicio de energía y belleza. Las olas eran para mí no sólo la esencia del mar sino el adorno supremo del verano y no podía concebir que siguieran trabajando cuando nadie estaba para verlas. Tal vez. me dije, alguien en la orilla se quedaba vigilándolas mientras nosotros estudiábamos inclinados sobre nuestros cuadernos, alguien se encargaba de no dejar al mar solo y su alma. Pero el daño ya estaba hecho y ahora podía imaginar el mar abandonado a su suerte, idéntico a sí mismo en verano y en invierno, con o sin vacacionistas, y eso significó entender la desolación. ¿Qué es la desolación sino la falta de olas? Lo dijo el poeta: “un mar sin olas,/ desolado”. Porque un mar cuyas olas no rompen para nadie es como un mar que no las tiene, al revés de aquel que las guarda tan pronto como el último veraneante le ha dado la espalda, que era como yo lo imaginaba de niño. Tal vez ahí comenzó mi ateísmo, que casi no ha tenido titubeos y en los raros momentos en que los tuvo, me bastó imaginar el mar en ese trance de ser más mar que nunca cuando nadie lo ve, para saber que nuestra vida es como la suya: sin testigos y abandonado a su suerte. De este primer pasmo metafísico debió de venirme mi propensión a buscar el mar en todas partes, presente en cada cosa y objeto, un mar incubado que para permearlo todo ha recogido, en efecto, sus olas. Así, mi creencia infantil no era tan errónea. El mar no esta abandonado a su suerte porque cuando le damos la espalda lo llevamos con nosotros y las olas, que de niños creíamos mudas durante casi todo el año, no dejan den trabajarnos en secreto hasta nuestro próximo encuentro con él, y al verlas romper de nuevo en la orilla entendemos atónitos, maravillados, que ninguna rompió durante nuestra ausencia sin que lo supiéramos y que el mar nunca está solo y su alma.
Fabio Morábito, El idioma materno
miércoles, 22 de julio de 2015
Con fecha de caducidad
Recuerdo que cuando era niña me veía en el espejo muy a menudo, casi siempre me ponía a bailar frente a él, usando mi mano como micrófono. Era mi público, pero tembién ejercía una extraña atracción porque pensaba que detrás del espejo había un mundo paralelo, otra dimensión y que quizá en una de esos encuentros me iba a ir de ese lado. Pero no sucedió. Los espejos continuaron en mi vida a lo largo de los años, incluso los cristales de algunos edificios cumplían la función de ver mi imagen reflejada: allí estaban mis cabellos despeinados, las ojeras o el rostro del día. Vanidad, le llaman a eso.
¿Alguna vez se han puesto a pensar de
dónde viene la palabra vanidad y sobre todo, cuál es su verdadero
significado? Vanidad viene del latín vanitas
y el Diccionario de la Real Academia la define como cualidad de vano.
Ser vano es ser falto de realidad, sustancia o entidad; ser hueco, vacío y
falto de solidez. Incluso una fruta de cáscara cuya semilla o sustancia
interior está seca o podrida es vana. Otra definición de la RAE: es algo
inútil, infructuoso o sin efecto; arrogante, presuntuoso, poco durable,
que no tiene fundamento, poco durable o estable. Hasta dentro de la
arquitectura (en ese contexto desconocía el uso de la palabra vanidad) vano es
la parte de un muro o fábrica en que no hay apoyo para el techo o
bóveda.
Y sí, en algún momento, a nuestra manera,
somos vanidosos: a la hora de la foto buscamos nuestro ángulo, si vamos a
una fiesta o a una cena nos vestimos con nuestras mejores galas, en la selfie,
en una cita de trabajo o de romance, al exhibir cuánto sabemos de cierto tema
o enumerar nuestras gracias, cuando vamos a la playa y unas semanas antes
nos ponemos a dieta para vernos como chica de revista. La realidad es que
estos momentos tarde o temprano caducan. El ángulo de la foto caduca
cuando te miras al espejo y ves las arrugas que circundan tus párpados, la
panza sumida para la playa se deshace cuando te abrochas el cierre del
pantalón con dificultad, la cita de amor se vuelve real cuando al día siguiente
miras que a la persona con la que estuviste le apestan los pies o tiene un
hoyo en el calcetín.
Los significados de la palabra vanidad,
sea cual sea su contexto y sus acepciones, tienen algo en común: son
perecederos, temporales y tan huecos como la cabeza de nuestra primera
dama. Son como esos juguetes Made in China aparentemente
hermosos y bien hechos, pero que a la media hora terminan en el bote de
basura. Bien lo dijo el escritor francés Honoré de Balzac: “Hay que dejar
la vanidad a los que no tienen otra cosa que exhibir”. Tiene razón. Yo
creo que todos tenemos algo que mostrar sin mostrarlo, algo que decir sin
decirlo, algo muy adentro, alejado de la vanidad que no es perecedero, eso que
nos hace valiosos. No sé ustedes, pero en mi caso, es más divertido
contemplar los espejos como
martes, 2 de junio de 2015
Siempre te recordaré bailando
I
Habían
peleado en toda la ciudad, sólo les faltaba el Oriente y los confines del
Norte. Clara y Ricardo se conocieron en una panadería. Él escogía conchas y
donas, ella llevaba sólo bolillos. Allí comenzaron sus diferencias.
Salieron durante dos semanas, después se hicieron novios y
luego esposos, pese a todo, pese a que a él le gustaba el futbol y a ella ir a
clases de yoga, pese a que uno prefería el bosque y otro la playa.
Ricardo no confiaba en Clara. Todo lo que hacía le parecía
sospechoso, si estornudaba, si se rascaba la nariz, si tenía una junta en el
trabajo a deshoras, si le hacía pasta, si lo abrazaba, si se ponía falda, si lo
quería más un día. Sin embargo la amaba porque cada vez que ella reía él se
ponía de buen humor y por un momento se olvidaba del mundo. Ricardo amaba a
Clara cuando ella se recargaba en su pecho buscando protección, se enternecía
porque a veces parecía que su mujer escuchaba el mar.
Por su parte Clara llegaba del trabajo a revisar el armario
porque pensaba que su marido algún día iba a desaparecer sin dejar rastro
siquiera de los pelos de su barba, esos que siempre quedaban regados en el
lavabo y que tanto odiaba limpiar. Sin embargo lo amaba cuando sus ojos
intentaban penetrar en los de ella para tratar de explicar lo que no tenía
explicación. Clara amaba a Ricardo cuando sacudía sus emociones y la
confrontaba pacíficamente en búsqueda de respuestas.
Era una especie de montaña rusa lo que ambos experimentaban.
A veces se sentían en la cúspide, pero inevitablemente se tambaleaban hasta
caer primero lentamente, después violentados con una sacudida que les daba
vértigo y les revolvía el estómago. Sin embargo se amaban, lo sabían cada vez
que sus ojos se encontraban.
II
Llevaban de lunes a domingo peleando, casi un mes de dimes y
diretes, de tú fuiste, de yo no fui, de haces todo mal, de vete a la mierda, de
no funcionamos, de ya hay que tronar, de podemos ser amigos, de estamos
lastimándonos, de la cagaste, de no me hables así, hasta terminar siempre acurrucados
bajo las sábanas.
Los dos tenían ojeras pues casi siempre las discusiones eran
durante la noche y se alargaban hasta la madrugada. En el trabajo de Ricardo le
hacían burla pues pensaban que cada noche él y su esposa se desvelaban
copulando para tener un hijo. “Sería el anticristo”, le decía Clara cada vez
que Ricardo le contaba las bromas de sus compañeros. Sin embargo ella no
consideraba descabellada la idea de tener al anticristo y salvarse de ellos
mismos creando a un monstruo para que finalmente los devorara. Fue por eso que le propuso a Ricardo irse de
vacaciones; él estuvo de acuerdo y, pese
a su desprecio por las playas, propuso ir a una, eso sí en un hotel All Inclusive, nada ecológico, odiaba cagar
entre malezas o dormir en hamacas con moscos.
Llegó el día. Se subieron al avión, durmieron los 42 minutos que duró el viaje.
Habían peleado toda la noche. Clara lloró, Ricardo se salió de la casa y llegó
dos horas después con aliento a cerveza. “Te recuerdo que mañana empiezan
nuestras vacaciones”, dijo con voz adormilada. “Ya lo sé”, contestó Ricardo.
El hotel estaba a reventar. Se podía ver a varias personas
vestidas con camiseta anaranjada y cachucha negra en los elevadores, en los
pasillos, en la alberca, en el restaurante y en la playa. Un animador con un megáfono
los motivaba a participar en las actividades organizadas por Zosit, la empresa a
la que pertenecían, con el objetivo de ser mejores empleados. Clara los veía desde su palapa y sentía pena
por ellos, por sus actuaciones para demostrar que tenían la camiseta puesta. En
cambio, Ricardo envidiaba sus actividades deportivas, pues creía que los
alejaba de sus problemas personales. Incluso pensó en hacerse pasar por un
empleado con tal de echarse una cascarita en la playa. Pero no lo hizo.
Permaneció estoico al lado de su mujer, abanicándola con una revista de
chismes, mientras él se tomaba su onceava cerveza.
Llevaban dos días sin pelear. Habían prometido hacer el amor
diario. Incluso Ricardo prometió no quejarse del calor, ni de la arena, ni del
sol, ni de las reservas naturales que iban a conocer en la lanchita que había
rentado para pasear a su mujer y mantenerla contenta. Así fue que a medio día
se prepararon para hacer un recorrido en el mar, empacaron cervezas, botanas y
una cámara. Ricardo dijo que sabía manejar lanchas porque sabía manejar motos.
Poco a poco la playa fue transformándose en un puntito, después se mezcló con
el mar y con el cielo.
–¡Cómo no te gusta! –dijo Clara.
–No está mal, pero prefiero algo con más vida.
–¿Más vida que el mar? –dijo sorprendida Clara.
Ricardo iba a replicarle a su mujer, pero el viento y las
olas de mar se entrometieron en la charla, entonces Clara se acostó boca arriba
y él boca abajo.
Cuando despertaron el viento estaba frío. A ella le ardía la
cara, a él la espalda. El sol había desaparecido. La espesura de la noche los
acompañaba. No había luna, el cielo se confundía con el mar. Por primera vez coincidieron
en algo: tenían miedo. No sabían dónde estaban. Se habían terminado las botanas
y las cervezas. No había luces de hoteles o signo de vida, excepto el vaivén
del mar. Ricardo encendió la lancha y avanzó; aplicó el método de meterse un
dedo en la boca y sacarlo para encontrar el camino, uso su encendedor para
hacerse visible, el celular también, pero no había señal, el flash de la cámara
como reflejante, sin embargo no hubo resultado, ni siquiera sus vagos recuerdos
de Boy Scout ayudaron. Tras varias
horas la lancha se agotó y no avanzó más.
–No sé qué va a pasar con
nosotros, pero algo sí me queda claro: la imagen de ti y de mí juntos es cuando
yo bailaba y tú me veías con esa sonrisa infinita –dijo Clara con voz
temblorosa.
–Siempre te recordaré bailando –contestó Ricardo.
Se
abrazaron muy fuerte, tanto que a Clara le costaba trabajo respirar. Se
agregaron los sollozos al sonido del mar y del viento.
III
Nadie
se percató de que los Gómez Haro llevaban tres días sin ir al buffet del
restaurante “Mar Adentro”, de que la señora no había ido a darse masaje como
cada tarde, de que habían dejado de oírse suspiros cada noche, de que el minibar
de la habitación 404 conservaba las cervezas intactas.
Hoy la actividad de los empleados de
Zosit consistía en participar en un rally y después escuchar las palabras del
director general. Aún faltaban varias actividades de integración, sin embargo se
interrumpieron cuando el empleado del mes encontró la lancha donde los Gómez
Haro habían salido a dar la vuelta. Hizo señas a sus colegas para que pidieran
ayuda. Había un hombre y una mujer en la lancha, tenían los rostros y el cuerpo
del color de un camarón. “Se ve que se querían mucho por la forma en que están abrazados”,
pensó en voz alta, mientras veía a los guardias de seguridad acercarse al ritmo
del reggaeton que se escuchaba como música de fondo.
jueves, 21 de mayo de 2015
Fin
Hasta nunca, fue así como se despidió.
Adiós –dijo ella.
Cinco minutos después, él estaba tocando a su puerta porque no había taxis en la calle.
¿Me puedo quedar? –dijo él.
Sé responsable de tus palabras –dijo ella, mientras le daba una cobija para que durmiera en el sillón.
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