viernes, 18 de septiembre de 2009

Síntomas


Sales de casa. Caminas, te subes al metro. Observas las manos que se sostienen para no caer a cada frenón; la mayoría, morenas. Te fijas si tienen arrugas, si las venas sobresalen. Miras las tuyas con sus venas-angulas. Te da por revisar también los vientres de las mujeres; en la calle, en el banco, en un bar, en el super. Antes no te fijabas en esos detalles, ahora es una constante. Deseas no heredar el vientre abultado de tu madre, pero las historias no tienen por qué repetirse, piensas.

Un día una prima te contó que los labios se adelgazan con los años. Estaba consternada porque creía que los suyos comenzaban ese proceso. Observas tu rostro traga años reflejado en el vidrio del vagón, tus labios y la forma de tus orejas, te miras de perfil, sumes la panza, te angustias porque no quieres crecer. Hay una veinteañera enfrente con el vientre tan plano como si lo hubieran amasado con un rodillo. La envidias. Sin embargo la chica que está a tu lado apenas si logra respirar a través del pantalón de emo anoréxico que no logra disimular las lonjas. Te sientes orgullosa de no tener su cuerpo y de sostener el tuyo con dignidad. Sales del metro, caminas con decisión a la farmacia donde venden la crema de noche, la de día, la antiarrugas, la antimanchas, la del cuello y el bloqueador solar. En el fondo guardas cierta esperanza de verte joven gracias a ilusiones de más de mil pesos.

lunes, 24 de agosto de 2009

Escena en la mente de una mujer

Las gotas se deslizan lentamente por su cuerpo como si intentaran detener el tiempo, como cuando cae esa sutil lluvia que termina empapando los huesos. De repente la armonía se rompe cuando ella intuye que fuera de la regadera, para ser más precisos, tras la puerta del baño, alguien la espera. Los pasos, los ecos de afuera respiran tras la madera del piso. Todo respira.

La mujer pela los ojos, apaga la regadera y silenciosamente seca su cuerpo. Espera a que el No Invitado se decida. Sin embargo el No Invitado piensa lo mismo del otro lado de la puerta. Salir del baño o entrar. Uno de los dos tendrá que tomar la decisión.

domingo, 2 de agosto de 2009

El cuento del abrazo

Ella no alcanzó a disimular su nerviosismo y no pudo quitarse los bigotes de lechuga que colgaban de su boca. Un “hola seco” salió de sus labios, así nomás. Después de saludar, Él decide quedarse en un extremo comiendo con los otros. Ella no le dirige la palabra, tampoco la vista, pero siente su presencia que más bien marca la ausencia. 

La vida es triste cuando te quita a alguien abruptamente, piensa Ella. Y entonces para hacer el momento más nostálgico una salvaje lluvia cae, Ellos se guarecen bajo una lona, y es allí donde Ella se atreve a hablarle, a decirle razones, palabras, enojos, rencores, emociones, a odiarlo, a perdonarlo quizá. Frente a los otros se abrazan sin la menor pena, sin importar que hace tiempo no están juntos. Una energía fluye alrededor de Ellos y los invitados se dan cuenta pero se callan aunque Ella esté llorando y quiera perpetuar aquel abrazo, con la absoluta certeza de que esa historia ha terminado.

Doce botellas de vino y dos de champán, pero Ella no está borracha, quizá sensible. Tiene ganas de seguir abrazada, así que decide llamarle a su amigo de ocasión. Llega a su casa y como es costumbre, miran una película, pero esta vez no cogen, él está cansado, Ella tampoco tiene ganas. 

En la mañana Ella siente el cuerpo de su amigo y accede, pero su cabeza está en otra parte y evidentemente su corazón. Cinco minutos después el amigo termina y Ella se queda pasmada ante sí misma, ante sus sentimientos, ante su vulnerabilidad, ante su fuerza, ante su manera de olvidar y hacer su vida. El amigo, en cambio, está listo para dormir y para pensar en voz baja, hazte para allá, hay que dormirnos, ya deja de moverte, descansa. 

Tranquilo, como si no tuviera el peso de Ella, como si realmente no existiera, el amigo duerme en su cama. Ella, en cambio, no pega el ojo, piensa en el abrazo de hace unas horas, y con certeza concluye que su amigo jamás la abrazará como Él.

viernes, 24 de julio de 2009

Las canas de mi papá

Ay, otra vez la muerte, esta vez en forma de apegos. Quizá parezca perverso, siniestro o más bien es mi manera de no borrar a las personas que se han adelantado en el camino. Por ejemplo podría haber borrado dos teléfonos de mi celular, pero no puedo porque tenerlos significa estar cerca de mis dos amigos. Cada vez que busco a David y aparece el David muerto, pienso: ¿será momento ya de despedirme? Entonces finjo demencia y lo dejo como si esperara oír su voz para vernos pronto. Por supuesto también me niego a borrar a Roberto. He pensado en marcarles, pero no soportaría escuchar otras voces que no fueran las de ellos, ni tampoco oír sus voces desde la dimensión desconocida. Pero eso no es todo, tengo una tarjeta anaranjada del Pájaro, otro compa que voló mientras tomaba un baño. Me niego a tirarla; la guardo en mi cartera pensando que tal vez lo llegue a necesitar pronto.
Y siguiendo con lo bizarro diré que al morir mi papá decidí guardar unos cuantos cabellos; ni siquiera se los corté estando muerto, es más ni siquiera me despedí. Recuerdo que un día en el jardín de la casa de mi mamá encontré cabellos, creí que eran las plumas de algún pajarraco, pero cuando los toqué y vi las canas supe de quién eran. Entonces apareció la imagen de mi mamá cortándole el cabello. Así que los tomé y los puse en una libretita como de bautizo con una imagen de un Cristo en éxtasis. La guardé durante mucho tiempo, hasta que un día me censuré por siniestra y la tiré. Tiré las canas de mi papá. Hoy soy incapaz de borrar a mis otros muertos.

sábado, 18 de julio de 2009

Una película antes de morir


Ya sé que la muerte no se anda con cuentos, pero es un hecho que a mayor edad mayor es la proclividad a pensar en ella. Por eso crecer es triste porque eres consciente de que mueres diario. A esto hay que agregar los amigos, conocidos y fulanitos que se han marchado intempestivamente. Hace diez años no me inquietaba tanto la muerte, pero hoy es más frecuente ver el mar negro y abismal en mis sueños.

Esto viene a cuento porque ayer, en el lugar menos indicado, supe que Roberto había muerto en un accidente de auto. Entre el chacoteo de la gente, el ruido de los vasos al chocar y el desmadre de la quincena,vengo a enterarme en una cantina que hace un año él ya no está aquí. Y digo: mierda, nos distanciamos, lo extrañaba, creí que todavía había esperanza para el encuentro. Pero mis esperanzas se marcharon de putazo, como él. Y pienso en el ciclo que nos tocó vivir a ambos. Fuimos novios, pero no resultó porque no me gustaba ni un ápice;  creí que no importaba porque podíamos hablar de varias cosas, podíamos reírnos y filosofar. Cuando terminamos le dio el mal de amores, así que nos dejamos de ver. Pero después se recuperó. Entonces íbamos al cine, oíamos música, nos recomendábamos nuevos grupos, presumíamos nuestras adquisiciones musicales, hablábamos de viajes, de nuestras conquistas, de Laura, de ser felices con alguien. 

Su recámara era pequeña y la ocupaban libreros con discos compactos, libreros enteros con historias alrededor. Peter Murphy, Santa Sabina, Fratta, Roxy Music, Brian Ferry, David Byrne, Tuxedomoon, Cocteu Twins, This Mortal Coil, Soda Stereo, Consumatum Est, Lila Downs, David Byrne, Cafe Tacuba, Talking Heads, Kid Loco, Thievery Corporation, Los amantes de Lola, David Bowie, Hooverphonic, Radio Futura, Bel Canto, Dead Can Dance, Air, Veneno para las Hadas. Mi amigo era una enciclopedia musical y lo sabía, de ahí su soberbia; le gustaba la buena vida y no le pesaba viajar de Villa de Cortés a Satélite.

Y un día se nos metió el demonio. Nos peleamos por una vanalidad; le grité y se molestó. Él deseaba quedar bien con Laura, el amor de su vida, yo quería a dos diyeis en mi fiesta de cumpleaños, y Laura sólo quería mezclar. Nuestra hermosa Laura, que se divertía coqueteando diciéndole a Roberto cosas bonitas de mí, nuestra querida Laura, que después se volvió Ethel, terminó mezclando junto con otro diyei mientras Roberto y yo nos veíamos feo. A partir de entonces nos alejamos. A veces reaparecía pero ya nada fue igual entre nosotros. Laura, en cambio, se dio una oportunidad con Roberto.
Muchas veces pensé en marcarle y hablar para limar asperezas, pero no lo hice. Extrañaba nuestras charlas, la música, a su tía, a su madre, incluso a su hermano, quien me dio la noticia. 

Traté de pasármela bien en la cantina, pero ya tenía el nudo pesado en la garganta. A las seis de la mañana lloré como hace un año; llegaron los recuerdos como en película antigua, uno a uno. Quizá él también los tuvo a la hora en que lo acechaba la muerte. Espero que también haya visto la película y yo haya aparecido en algún cuadro.




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