Me encanta dormir, duermo por voluntad, cuando comienzo a tallarme los ojos, cuando termino de comer y quiero una siesta. Sin embargo me aterra dormirme en la vida.
He pensado todos los días en mi perro, en cómo se marchó, en si deveras morir era una alternativa o seguir esperándome cada fin de semana para salir a pasear. Una a una las imágenes vienen y los recuerdos hoy siguen estando, aunque en unos meses quedarán deshabitados.
Lo de ayer me llega como fotografías fuera de foco; historias que parecen una creación de mi cabeza, ilusiones partidas. Estuve dormida cuatro años soñando con una vida irreal, con un hombre sacado de un cuento de niñas-cenicientas. Y cuando desperté me asusté de mi imagen frente al espejo. Pero dejé de bostezar y le di la bienvenida a mis ojos abiertos en la mitad de la noche, excepto a los instrusos; esos robaron mi intimidad y me dieron una idea: volver a empezar.
Así fue como cambié de escenario; despedí la comodidad de mirar desde un vidrio de auto a los otros, me despedí de mi cómplice. Vi cuando le inyectaban el líquido y cómo su respiración agitada se transformaba en paz; primero un paro respiratorio, luego el corazón estático. Tomé su patita y sentí su ligereza, en cambio mis lágrimas inclinaban mi cuerpo como si cargara dos costales de cemento. Los ojos de Hugo ya nunca se abrieron, lo mismo sucedió con una parte de mi historia.
Pasó el tiempo y terminaron por volverse unos completos extraños. Fue entonces cuando dejaron de extrañarse.
Acaba de pasar el Día de muertos, sin embargo el hombre decidió aparecerse en el microbús aprovechando los festejos. Sucedió que una blancura abrasiva invadió el espacio, justo cuando él, con su pijama a cuadros, intentaba adueñarse de un asiento.
El hombre sonreía y de perfil sobresalían sus dientes; sus ojos ya eran cavidades y una gorra tapaba los cabellos extinguidos. Aquel espectro no cesaba de hablar con su acompañante, como si el mover los labios le diera la certeza de estar vivo, de olvidarse por un momento de su panteón quimioterápico.
Los nones me ponen de buenas, aunque este año fue tan ruidoso que aún me zumban los oídos. Pero no importa. No importa si un extraño hizo un boquete para adueñarse de una parte de mi vida, no importa si decido dormir a mi compañero-confidente-amigo después de doce años de tratarnos; no importa si hoy viajo rodeada de familias Burrón y uno que otro hombre que intenta ligarme, para llegar al norte de la ciudad; no importa si un año y medio después me entero que mi “locura Otelesca” tenía fundamentos.
No importa. Mis pies están sobre esta duela chueca, sobre este departamento, sobre este edificio venido a menos, sobre esta calle con fondas de birria maloliente y antros en decadencia. No importa. Ambulancias, claxons, lluvia, mi ciudad-caos abre sus puertas y yo entro. Entonces camino con garbo, segura de que mis feromonas andan en absoluta rebeldía. Y no lo escondo, no importa, lo atribuyo a los nones.
Sales de casa. Caminas, te subes al metro. Observas las manos que se sostienen para no caer a cada frenón; la mayoría, morenas. Te fijas si tienen arrugas, si las venas sobresalen. Miras las tuyas con sus venas-angulas. Te da por revisar también los vientres de las mujeres; en la calle, en el banco, en un bar, en el super. Antes no te fijabas en esos detalles, ahora es una constante. Deseas no heredar el vientre abultado de tu madre, pero las historias no tienen por qué repetirse, piensas.
Un día una prima te contó que los labios se adelgazan con los años. Estaba consternada porque creía que los suyos comenzaban ese proceso. Observas tu rostro traga años reflejado en el vidrio del vagón, tus labios y la forma de tus orejas, te miras de perfil, sumes la panza, te angustias porque no quieres crecer. Hay una veinteañera enfrente con el vientre tan plano como si lo hubieran amasado con un rodillo. La envidias. Sin embargo la chica que está a tu lado apenas si logra respirar a través del pantalón de emo anoréxico que no logra disimular las lonjas. Te sientes orgullosa de no tener su cuerpo y de sostener el tuyo con dignidad. Sales del metro, caminas con decisión a la farmacia donde venden la crema de noche, la de día, la antiarrugas, la antimanchas, la del cuello y el bloqueador solar. En el fondo guardas cierta esperanza de verte joven gracias a ilusiones de más de mil pesos.