miércoles, 16 de junio de 2010

Te

La palabra "extraño" cambió de intención cuando la acompañó de un "te".

lunes, 7 de junio de 2010

Paraíso




Siempre he sido gordo. ¿O debo decir fui? Ocupar un lugar en el mundo ha sido el fin único del hombre. Para mí ocupar un lugar ha significado dolor, aquí, en esta tierra que llaman Satélite, en el municipio de Naucalpan, en el Estado de México o mejor dicho en el Establo de México. Satélite queda después del Toreo, donde el aire da vuelta y donde según la Güera Rodríguez todo es Cuautitlán.
Aquí la vida o mi vida no ha sido fácil. Nací por accidente, estoy seguro. Mi habitación (antes el cuarto de tele) tuvo que acondicionarse para recibirme. Así que el aparato se fue a la cocina y yo decidí que en la cocina la pasaba más a gusto que en mi propio espacio. Estaba destinada para mí. Los gansitos congelados, los chicharrones con salsa, las congeladas, las palomitas con mantequilla, los tin larines y los churros con cajeta me hicieron olvidar la lentitud de la vida sateluca, que dicho sea de paso, contaba con áreas verdes ideales para jugar futbol, quemados o escondidas. Por evidentes razones jamás sobresalí en juegos que tuvieran relación con la actividad física. Aunque papá siempre me presionó para que jugara futbol americano, su deporte favorito. Fui obligado a jugar cada domingo con los Perros Negros, sacrificando mis fines de semana y los domingos de Chabelo. Casi siempre me mandaban a la banca. El entrenador no se atrevía a decirme que era malísimo. En cambio papá decía frente a mis cuatro hermanos que no me dejaban jugar por mariquita. Y por gordo. Nunca le gustó que jugara en las casitas del árbol, tan comunes en Satélite. Esas casitas fueron mi refugio, mi segunda casa. Digo mi segunda casa porque odiaba cuando mis padres discutían y al minuto fingían felicidad. La familia González era el modelo de varias familias de la cuadra. Pero en realidad éramos un cuadro patético, como uno de esos anuncios de Corn Flakes donde la familia desayuna mientras platican sus asuntos. Mierda. 
Conocí a Carmen en Satélite. Para ser exactos, en Mariano Azuela, justo en Circuito Novelistas, en una de esas fiestas que se organizaban cada fin de semana. La situación en las colonias de Satélite es particular. Sé que la gente que viene de la ciudad se pierde entre los circuitos, donde lo único que se mira son casas con garage, o a hombres en autos recién lavados, o a pubertos tapando su inseguridad con estéreos y autos achaparrados. Perderse en Satélite puede significar al menos media hora de vueltas, perderse en Lomas Verdes, 15 minutos de subidas y bajadas, perderse en Cuautitlán, 40 minutos lidiando con trailers y peseras. Para la gente del DF Satélite es un verdadero infierno. Para mí, que he vivido ahí 28 años, un paraíso. Aquí tengo lo que quiero: tintorería, paleterías, antros, centros comerciales, Divertido, el boliche, escuelas, universidades y unos vecinos capaces de cumplir la función de tíos o incluso de padres. Pero yo estaba hablando de Carmen.
Conocí a Carmen en la cocina, junto a la mesa y a las botellas de ron y refresco, junto al plato vacío de salchichas con limón y salsa inglesa, el dip y los sabritones.  Estoy convencido de que en las cocinas se toman decisiones que marcan las vidas, se dan las buenas y las malas noticias. Allí me dijeron que mi padre había muerto de una embolia, allí también me enamoré de Carmen y de sus ojos verdes.
Sentada en la silla principal era dueña del paisaje. Eso me gustó. Esta vez mis casi 100 kilos no fueron un obstáculo para acercarme. Entre papas y cuadritos de queso manchego hablamos sin darnos cuenta siquiera de la pelea que se armaba en la sala.
Mañana, pasado mañana, un mes después y otro, Carmen y yo no dejamos de vernos. Éramos dos gordos caminando con orgullo en Plaza Satélite.  En ese centro comercial nuestra vida y la de los otros se iba cada sábado o domingo. El cine, las tiendas, los helados y los restaurantes ocupaban nuestro espacio. Plaza Satélite era y es aún la plaza del pueblo, donde además de dar la vuelta y poner los ojos frente a un escaparate se va a ligar. Después irrumpiría el paisaje de Mundo E, una plaza exageradamente grande y vulgar, donde además, los arquitectos pensaron que un techo imitando la bóveda celeste podría crear la ilusión de estar al aire libre. El centro entre semana y Calcuta los fines de semana, Mundo E vomita gente que viene de Tlalnepantla, Santa Mónica, Atizapán, Valle Dorado, Lechería, Cuautitlán, Arboledas, Villas de la Hacienda, Bosques del lago y anexas.
Carmen y yo compartíamos el mismo espíritu, nuestra conexión iba más allá de las palabras. Teníamos afinidades, nos gustaban las papas y los burritos, los helados y los tacos de afuera del Wallmart Satélite, los dulces, los elotes de Echegaray y el cine, ir a misa y al Parque Naucalli a caminar, las congeladas de la Zona Azul y el Bazar de Lomas Verdes, lavar nuestros coches, oír música y bailar las lentitas. Reíamos sin saber nuestras razones, nos mirábamos, aunque debo confesar que la profundidad de sus ojos me asustaba, sobre todo cuando hablábamos de asuntos importantes. Cuando le pedí en El Sapo  Cancionero que se casara conmigo,  me miró más profundo que de costumbre, como queriendo indagar mis verdaderas razones. Y mi razón era que la amaba. Ella lo sabía y lloró.
Comenzamos los preparativos de la boda. Carmen soñaba con casarse en la iglesia de Navegantes, yo, con una fiesta en el Centro Cívico, justo en el salón donde fue mi graduación de la preparatoria. Como sucede con la mayoría de las bodas, las mamás comienzan a meter las narices. Mi madre no fue la excepción. Lo primero que dijo fue que Carmen debía bajar 15 kilos para que el vestido le cerrara. Intenté ignorarla, pero sus palabras se quedaron grabadas: es una gordagordagordagorda. En los tres años que llevábamos había sublimado a Carmen, al grado de admirar su figura y de sentir su presencia en cualquier espacio; en sus pasos, mientras respiraba al besarla, cuando lloraba con alguna película, cuando saboreaba una de esas hamburguesas de Fuentes de Satélite, cuando en la cama descubría su cuerpo por primera vez y me asía a sus carnes blancas. Para mi madre fue una situación penosa que a la mitad de la pista, justo cuando bailábamos “One more night”, nuestra canción, el vestido de Carmen tronara de atrás de la cintura. Pera ella, dueña del paisaje, lo solucionó amarrándose a la cintura la chalina de su mamá. Esto me hizo amarla aún más.
A diferencia de mi familia, la de Carmen no finge estabilidad. Sus padres la respetan y la apoyan en sus decisiones. Paradójicamente su mamá es una reconocida nutrióloga de la zona y su papá, dueño de un Blockbuster. Jamás se han entrometido con su figura, ni siquiera Juan, su hermano de 18 años. Situación, creo yo, que le ha dado la suficiente seguridad como para saber lo que hace y por qué lo hace.
Ayer cumplimos dos años de casados, pero siento como si lleváramos toda la vida juntos. Carmen se ha encargado de arreglar nuestro departamento de Lomas Verdes con detalles; flores, toallas bordadas por ella, cojines para los muebles rústicos, cuadros que ella misma ha pintado, un portarretratos de nuestra boda sobre el buró de la recámara, imanes para nuestro refrigerador, que dicho sea de paso, nunca se ha vaciado, es como nuestra segunda casa. Pero lo que más me gusta es cuando prende el incienso y las velas con olor a fresa mientras hacemos el amor y siento la suavidad de las sábanas. Entonces tomo su cintura con mis dos manos para rozarla con mis labios, y ella, tímida, se pega a mis muslos buscando protección. Nuestras figuras se confunden, las carnes se mezclan en la oscuridad; pliegues, sudores, lonjas, celulitis. La cama ondula cada quince días con movimientos oscilatorios, trepidatorios y rechinidos, como los que hacen mis dientes cuando duermo. Carmen dice que se siente flotar, como si las olas del mar la llevaran hasta adentro. Me ha confesado que le da miedo regresar a la tierra cuando terminamos de hacerlo. Yo me conmuevo y tomo uno de sus hombros.
Definitivamente la vida es completa cuando se ama a alguien en el tiempo y en el espacio correctos. Y Satélite lo fue hasta que por convenirme, acepté una oferta de trabajo como gerente de sistemas en una empresa trasnacional ubicada en Tlalpan.
Ahora viviríamos en Avenida Universidad. Sabía que por ahí quedaba CU, un estadio y una sala donde tocan música clásica. Para Carmen significaba otro país, con otro idioma, con costumbres y lugares ajenos; calles y avenidas desconocidas, autos día y noche, cláxones, cero silencio. Nuestro espacio se redujo a tal grado, que tuvimos que vender parte de los muebles del otro departamento, la tele quedó en la sala y el refri en el antecomedor, situación que molestó a Carmen, pero especialmente el hecho de verse obligada a guardar en una caja nuestra foto de casados por falta de lugar.
Carmen cambió. Se sentía desprotegida, añoraba Satélite. Perdida en la ciudad, lloraba casi diario. El sur era árido e inhóspito, una tierra de nadie. No había donde guardar los coches, los sueños eran interrumpidos por el ruido, en la mañana las escuelas irrumpían, los vecinos eran mal encarados, los árboles no crecían como allá y los centros comerciales guardaban cierta frialdad. A veces preferíamos atravesar la ciudad para ir a Plaza Satélite o hacer el súper allá y traernos las cosas.
Comenzó a reclamarme más tiempo juntos.  Y es que con mi nuevo trabajo llegaba a casa a las 10 y escuchaba la misma cantaleta: “Me perdí una hora”, “extraño a mis papás”, “me arden los ojos por la contaminación”, etcétera, etcétera. Lo primero que se me ocurrió fue hacerle un hijo para distraerla y ocuparla. La cama se estremeció durante varios meses sin lograr el cometido. Así que decidimos ver a un médico. Estaba seguro de que Carmen era la del problema, quizá por sus quistes o por ser irregular, o por otra razón. Pero no fue ella. Soy estéril. No puedo tener hijos por culpa del futbol americano, es decir, por culpa de mi papá y su afán por que sobresaliera en ese deporte. No puedo tener hijos porque una vez el balón me cayó en los huevos y me fregó el cuerpo. Jamás seré padre. Carmen no podrá ser mamá. Pero su reacción me sorprendió. No hizo reproches, ni dramas. Me abrazó fuerte y me dijo al oído que no importaba porque nos teníamos el uno al otro, razón suficiente para sentirse feliz. Sin embargo sucedió algo en mi interior. Sí, odiaba hacer cualquier tipo de deporte, pero el haber sido lastimado por él, me llevó a tomar la decisión de inscribirme junto con Carmen al gimnasio que estaba a dos cuadras de la casa. No iba a ser vencido por el deporte. Ella no parecía ilusionada, sino más bien obligada por las circunstancias. Yo la animé diciéndole que quizá el ejercicio podría distraerla. Pero Carmen se resistió y más que un placer, hacer ejercicio fue un suplicio. Para ella no fue una buena señal el haber cambiado nuestra alacena por fibras, cereales, jugos light y hasta Slim Fast. Yo en cambio comencé a disfrutar el ejercicio, incluso llegué a rechazar los tacos dorados que Carmen me hacía. De pronto la comida bañada en aceite, los pastelitos y las frituras me provocaban asco. Carmen se dio cuenta, la descubrí llorando varias veces. Ella terminaría por abandonar el ejercicio y seguir con sus viejos hábitos. Yo continué y a los seis meses comencé a bajar de peso. Dos kilos, seis, diez, quince, veinte. Al año regalé mi ropa y gasté una fortuna en mi nuevo guardarropa. Verme al espejo fue como asistir a una premier. La imagen de mí mismo me asustó, pero también me enloqueció. Empecé a hacer ejercicio en las mañanas luego en las tardes, y después en las mañanas y en las noches. Miré mi cuerpo después de veinte años de no hacerlo. La ligereza de mis movimientos aumentó mi seguridad. Comprendí a las mujeres que anunciaban toallas femeninas cuando se jactaban de su libertad. Carmen no me entendió.
Empezaron las fallas. Éramos dos desconocidos jugando a la casita. Yo delgado, ella gorda. Carmen sintió mi levedad cuando llegábamos a hacer el amor (ahora cada tres semanas), yo, el peso de su cuerpo hundiéndose en el colchón de la cama. Llegué a asustarla en muchas ocasiones, pues ya no escuchaba mis pasos cuando venía del trabajo, decía que era como un fantasma. Yo odiaría el ruido de su cuerpo moviéndose de un lugar a otro, esa figura que no dejaba de estar presente, aunque me encontrara en otra habitación, en el baño o en la cocina.
Nos separamos. Carmen regreso a casa de sus papás. No me dijo adiós, sólo me sonrío y se fue. Me quedé en el departamento, vendí los muebles rústicos y compré de esos que estaban de moda, creo que se llaman minimalistas. También me hice de una caminadora, una bicicleta fija, unas pesas y un estéreo.
Estaba completamente solo. Pero me di cuenta de que las mujeres –en el trabajo, o en el gimnasio, o en la calle- se fijaban en mí. Antes pasaba inadvertido en cualquier espacio a pesar de ser gordo. Por decisión me nombré Fred y dejé atrás a Alfredo. Traté a varias chicas, pero fue María Elena con quien duré más. La conocí en el Meneo, lugar al que mis compañeros de trabajo acudían cada quincena, porque según  ellos, las viejas que van están muy buenas. Yo no estaba acostumbrado a ligar. Carmen fue mi primera novia y mi primera mujer y también mi primera amante. Yo también fui su primer todo. Mis compañeros estaban casados, pero no les importaba llegar a sus casas con aliento a Bacardi ni con olor a sexo entre los dedos. No me creían cuando les contaba que sólo había tenido una mujer. “Estabas de hueva, mano”, me decían.
María Elena tenía el cabello quebradizo y güero al estilo de esos tintes de anuncio, su piel amarillenta era suave y su cuerpo como el de una rumbera. Trabajaba como recepcionista en una empresa de equipos y servicios contra incendio y vivía en La Villa. Más de una vez me perdí para llegar a su casa. Ella no entendía, pensaba que me hacía del rogar y fingía dolores de cabeza para castigarme, o bien, me obligaba a llevarla a visitar a su abuela a rumbos insólitos, o a tocadas de rock y ska, junto con sus amigas, en calles que mis ojos jamás hubieran imaginado que existieran. María Elena no era detallista, pero su cuerpo era mi recompensa. Con ella conocí los hoteles de paso. Me apenaban sus gritos de placer y sus palabras sucias.  Aunque después de hacer el amor, la cama se volvía demasiado grande y las sábanas heladas, prefería no estirar mis piernas fuera de nuestros cuerpos. En mi casa también sucedía; mi cama quemaba de tan fría, y María Elena se quedaba dormida hasta el día siguiente, sin percatarse siquiera de mi presencia.
Supe por mi tío -en realidad mi vecino- que Carmen había vuelto a dar clases en la Maddox. Salía con sus amigas y trataba de divertirse, aunque en el fondo sentía curiosidad por saber de mí. Carmen saldría adelante, era el tipo de mujer que cuando se enfrenta a una tragedia la vence. La seguridad que perdió en el DF desapareció. En Satélite volvió a ser la dueña del paisaje y a robarse la sombra de los árboles. Volvió a mezclarse con la gente en los centros comerciales, regresó a sus tacos al pastor de Los Arcos, a su super y a su cielo azul. A veces me pregunto por ella, especialmente cuando despierto de madrugada pensando que está conmigo. He llegado a sentir terror cuando voy a la cocina a las cuatro de la mañana, tan limpia como si fuera un quirófano donde se preparan licuados y jugos de nopal. Carmen, ¿dónde estás?, ¿dónde encuentro el eco de tu voz?, ¿por qué no puedo sentir otros cuerpos? ¿Quién les robó el alma a las mujeres?

Mi mundo no puede permanecer inmóvil. Carmen ha sido capaz de moverlo con sus abrazos, sus besos, en los paseos, en cada bocado y cuando bailamos las lentitas. Tomo las llaves del auto. Salgo de casa sin mirar atrás. Ignoro a los vecinos mal encarados, al de los jugos de naranja de la esquina, a los edificios y avenidas grises y a las mujeres sin ecos. Vuelvo al origen. Recorro mis lugares y los de ella, termino en Mundo E. Camino y miro al techo. He llegado al cielo. Sólo espero que Carmen pase por aquí.

viernes, 4 de junio de 2010

Hay que escribir

Hace tanto que no entro a mi blog que no me había dado cuenta que tengo cinco seguidores que se toman la molestia de leerme en mi confusa fuente. Y me da gusto. Prefiero ser reconocida de esa manera a intentar una notoriedad abusiva en el cara de libro, que dicho sea de paso, cada día me da más pereza. Chido que me leen, por lo pronto subiré un cuento que se supone harán largometraje, aunque ya lo estoy dudando.

viernes, 2 de abril de 2010

El hombre que se fue sin hacer ruido

Hoy es mi primer noche sola. Apago las luces del departamento y lo único que se escucha es el reloj. Raúl, así se llama mi hombre, ha decidido trabajar de noche porque pagan mejor. No estuve de acuerdo, pero decidí callar para no parecer una esposa posesiva. Traté de comprenderlo. Pero al final me arrepentí, porque en las noches me dan más ganas de hacer el amor. Además la cama es inalcanzable, considerando que soy una mujer de 1.57, considerando también que mis pies tardan en calentarse. Y aunque suene a matrimonio viejo, me he habituado a dormir acompañada; el espacio que tanto anhelaba cuando vivía en casa de mis padres de pronto necesita sentir el peso de alguien más.

Estoy convencida de que en la noche salen los monstruos. Por eso ceno algo ligero, después miro televisión e intento leer el libro que desde hace tres meses no logro terminar. No me concentro. Camino en zig zag por el departamento, me mareo, pero no me cansó. Así que decido irme a la cama. Oigo la tos de tísico del vecino de abajo, los ladridos que vienen de la azotea de enfrente y al vagabundo que busca algún tesoro de entre la porquería. Oigo todo, menos lo de adentro. Quisiera doparme con un Tafil para borrar lo de hoy y lo de mañana.

No dormí. Raúl llegó a las ocho. Ni siquiera lo miré cuando me saludó. No le dirigí la palabra, tampoco quise hacer el amor. Quería castigarlo al menos por una semana.

La siguiente noche repetí sin éxito las mismas actividades. Así que intento dormir. No lo logro, entonces me da por escuchar las manecillas del reloj, también por enumerar los apellidos de mis compañeros de la primaria: Fernández, Cervantes Cuellar, González Pastor, Marín Pochat… Pero un ruido que viene de la puerta de la entrada del departamento invade mis recuerdos.
––¿Quién?––pregunto.
Un puño golpea la puerta; un puño que toca enérgicamente; como si lo estuvieran persiguiendo.
––Tal vez el viento, tal vez el viento––intento convencerme.
––¿Quién?–– vuelvo a preguntar sin obtener respuesta.

Raúl llegó más temprano a la mañana siguiente, se metió a la cama y lo abracé. Me ha dicho que tengo ojeras; qué observador, pienso.
La siguiente noche hice lo mismo que las anteriores. Si supiera tejer podría distraerme, de ser obsesiva estaría trapeando los pisos con Pinol mientras los demás duermen. Pero no. Así que apago la luz de mi recámara. Tocan a mi puerta.
––¿Quién?–– pregunto.

Me responden unos puños ansiosos. No es Fernando, el vecino, porque sus manos son pequeñas y los puños que tocan son de una persona robusta. Me fui a la recámara, cerré la puerta y no dormí.
Raúl fue a recoger unos papeles y llegó ya entrado el mediodía. Yo todavía estaba en la cama. Mis ojeras aumentaban y mis nervios también. Pero no le conté porque se iba a burlar. Sin embargo mi rostro le impresionó.
––¿Por qué cierras la puerta del cuarto?––preguntó.
––No me gusta oír extraños––dije sarcásticamente, sabiendo que Raúl no entendería.

Esa noche cené y esperé a que tocaran, pero nadie llegó.
Al día siguiente hice el amor con Raúl. Por un momento pude olvidarme de los puños. Pero esa noche tocaron y no estaba preparada. Golpeaban con insistencia, lo hacían a pausas, como si tomaran un respiro. El quién volvió a mis labios sin encontrar respuesta.
––Mira pendejo o pendeja, o lo que seas. Ya me tienes harta, te voy a abrir y te vas a ir a la mismísima chingada––dije.

Abrí. Mis ojos permanecieron fijos. Contuve el aliento como si temiera tirar a eso con mi respiración. No lo invité a pasar porque entró sin mi permiso. Se quitó el abrigo y camino a la recámara. Sus pies crujían y sus ojos no tenían expresión, tan hundidos que parecían cavernas, me acordé del Bebé de Rosemary. Sus ropas parecían ser lo único que llevara algún peso, como si lo detuvieran. Me imaginé a esos títeres que se mueven ligeros dentro de sus cuerpos, pero que su vestimenta los mantiene en tierra.
Se apoderó del colchón, justo del lado de Raúl. No se quitó la ropa. Permaneció en la misma posición al menos durante ocho horas. No hacía ruido, así que de pronto olvidé que estaba a mi lado y le di codazos.
Dormí. Dormí sin temor ocho horas justo cuando Raúl llegó y me dio un beso en el cachete. Brinqué sobresaltada, él se río y se acostó junto a mí. Dijo que olía a naftalina, le contesté que estaba loco.
La siguiente noche puse dos tazas en la mesa y preparé ensalada y pasta. Pero cené sola, después me fui a dormir. A las tres los puños tocaron, dije quién mecánicamente, abrí y regresé a la cama, me siguió y se acostó a mi lado. Durmió boca arriba, pero esta vez sus dedos heledos se posaron en mi hombro. Aun así mi sueño fue extraordinariamente relajado.

Pese a la estrechez de la estancia, Raúl no tuvo ojos para mirar la taza que estaba en su lugar de la mesa. Pero la frialdad de mi hombro lo estremeció.
––Eres muy joven para morir, déjame calentarte––dijo Raúl.

Mis ojeras se fueron borrando, dejé de estar taciturna y de mal humor, mis cachetes tenían color. Sin embargo había cierta frialdad en mí que inquietaba a Raúl, cómo explicarlo, yo era la misma; mis detalles, las caricias, las palabras, la sonrisa, el deseo, el anhelo seguían, aunque a veces sentía la necesidad de estar sola, de que Raúl saliera a trabajar. Además la idea de estar con un extraño mientras sale de casa me parece excitante. Tener una doble vida, como Catherine Deneuve en Bella de día, salir al súper en la tarde y no regresar, ir a pasear al perro y encontrarme con el dueño de otro can, hacer una fiesta con mis mejores amigas y ahogarnos en alcohol, ir a cenar con el primero que se me ponga enfrente…

Ha pasado una semana desde que llegó y desde entonces lo espero con impaciencia. Ayer por ejemplo tocó a la puerta casi a las cinco de la mañana. Me he acostumbrado a la comodidad de nuestros silencios. Esa madrugada mi cuerpo tembló al no encontrar su rostro entre la oscuridad. No pude estirar la mano más allá de su almohada. Él no se daba cuenta de mis fantasmas. Boca arriba su cuerpo parecía flotar sobre el agua, bajo el ensueño del olvido.

Raúl abrió la puerta de la casa silenciosmente esperando descubrir el crimen de su mujer. Pero cuando me vio dormir se regañó a sí mismo y pensó en lo estúpido que había sido. Su mujer lo amaba y él también, no había razón para el engaño, aunque sí muchas horas para planearlo. Fernando le hubiera dicho, se hubiera dado cuenta; y ella no podía ser tan descuidada. Ana, perdóname, te quiero, te lo juro, te adoro, un detalle, la comida, los abrazos, los disgustos, la balanza, en la cama, los colores, los orgasmos, la ventana, el cielo, Ana, Ana, Ana. Tengo que ir de nuevo a trabajar, sí, lo siento, es el horario, ya cambiará. ¿Ya quieres que me vaya? ¿Por qué? ¿No me extrañas? ¿Por qué hay una taza en mi lugar? ¿A quién esperas?, ¿dónde lo hacen?, ¿en el cuarto o en estudio? ¿cuándo lo conociste? ¿Por qué no te creo?

Ya son las once y no lo espero. Me pongo a ver televisión, pero mi tolerancia es nula frente a canales nacionales. Prendo el radio, pero detesto que los locutores crean que sus palabras son necesarias. Para llenar vacíos, sólo el silencio. Ya me acostumbré. Raúl no me entiende, dice que he cambiado, que estoy deseosa de que se vaya a trabajar. Una escena de celos después de siete años. Solté una carcajada, se exaltó y se fue.

Toc toc toc, como la primera vez. Conozco esos puños. Abrí y no me dedicó siquiera una mirada, parecía de malas. Fue a la recámara y por primera vez se quitó los zapatos. Dormimos.Sus ojos vacíos me despertaron y me hicieron estremecer; sus labios intentaron hacer una fallida sonrisa.

Raúl llegó directo a la cocina, no me dio beso de los buenos días. Fue a la recámara buscando la evidencia. Y la encontró, según él. Su paranoía lo hizo ver una silueta marcada en la almohada, justo de su lado.
––¿Lo conozco?––preguntó
––No. ¿A quién?––contesté fingiendo demencia.

Aventó la taza de café, luego fue a nuestro cuarto y quitó las sábanas. Verlo mearse en la funda de su almohada me ha provocado un ataque de risa. Aguantándose las ganas de darme una paliza, azotó la puerta de la casa y no regresó. Esa noche dormí completamente sola. No oí los puños, pero tampoco los esperé.

Raúl llegó muy temprano. Reviso su almohada sin encontrar marcas, se desvistió y se acostó en la cama, lo saludé con los ojos medio cerrados, me dijo con una mueca que desde mañana su horario dejaría de ser nocturno. Sonreí y pensé que en las mañanas rara vez me siento sola. Aunque nunca se sabe.


ja

domingo, 7 de febrero de 2010

Tribulaciones de una mujer adulta XII

Ilusamente María pensó que alguno de sus amantes le llamaría, sin embargo el único que le deseó un feliz cumpleaños fue el hombre con el que compartió siete años de su vida.
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