Nos sentamos a la mesa y callamos mientras pensamos en los años, en los planes, en que no los tenemos o que empezamos demasiado tarde, en que no queremos vernos como señores de 39 años que aparentan 50 años. Nos sentamos y miramos a nuestro alrededor y vemos que estamos vacíos, entonces nos angustiamos porque no queremos morir sin ser recordados.
La amiga corta los jitomates como puede, luego las nueces y piensa si llegará el momento en que esté preparando esa ensalada para una sola persona, el supuestamente “bueno”, el que quisiera ver frente a ella en vez de a sus dos entrañables amigos. El amigo 1 lanza fumarolas que se esparcen como sus pensamientos: el transcurso, la vida, los deseos, los proyectos. El amigo 2 olímpicamente brinca a otro tema como si temiera la observación adulta, como no queriendo escuchar las pláticas de sus papás mientras bebe vino y muerde la empanada de espinaca.
Esta vez la cena no tuvo dosis de irreverencia, de pronto los tres amigos hicieron mutis y en el fondo pensaron que sí, que son adultos sin planes, que no quieren ser peter panes atrapados en un cuerpo de cuarenta, que no desean permanecer en estado vacío, que los años están pesando y ellos están creciendo.
sábado, 23 de abril de 2011
domingo, 17 de abril de 2011
Tres mujeres 12 meses después

En la historia pasada las tres mujeres tenían algo en común, tenían una voz, una manera de moverse y de manejar a Eduardo. Hoy el panorama es otro.
Sofía, la que inyectaba endorfinas fue relegada a uno de esos recuerdos que hacen sonreír. Mariana siguió ocupando el lugar de abeja reina, Emilia dejó de tener pesadillas. La vida de Eduardo volvió a su camino preestablecido, a lo políticamente correcto, a escena de familia reunida en la cocina con el tazón de cereal y el clic clic de los cubiertos.
Sofía y Eduardo no volvieron a coincidir en el camellón-alfombra morada, de hecho concertaron una cita vía iPhone-Blackberry para verse y ponerse al tanto un año después. Una charla breve, reconocimientos, esas sonrisas, lo que pasó y se quedó grabado, palabras, mutismo, mirarse nuevamente a los ojos como antes, como ahora, sabiendo que no habrá lugar para los abrazos de minutos, sabiendo que caminarán, uno hacía la derecha y otro hacia la izquierda, sin mirar atrás.
jueves, 24 de febrero de 2011
Excluidos incluidos

Los excluidos siempre han ejercido cierta atracción en mí. A los 14 años o trece, no recuerdo, sentí la exclusión en todo su esplendor. Luego crecí. Sin embargo en el fondo a veces me sigo sintiendo excluida, aunque lo cierto es que he encontrado en ello cierto placer, un gustillo.
En esto pensaba después de ir por fin a uno de los ensayos de El Gran Continental, un espectáculo al aire libre de danza contemporánea, danza en línea y bailongo al estilo del mexicano que trae el FMX.
Podría empezar diciendo que el espacio per se ya implica una recarga de energía: Tlatelolco; podría decir que ver a 114 personas bailando me hace mover los pies durante todo el ensayo. Mujeres que no son bailarinas, cincuentonas, cincuentones, niños, niñas, flacas, gordas, morenos, claros, gente con dos piernas o con una sola formando un continente de cuerpos en constante movimiento donde las poses, o las soberbias, o la competencia no tienen cabida, únicamente la inclusión.
El calor, inevitable, resultado de la energía que flota en el salón. Y yo sólo quiero pararme y bailar al compás de la música, quiero aprenderme los pasos y no dejar de sonreír como Mariana Arteaga.
Mi amigo y yo nos vamos de Tlatelolco para refugiarnos en un barrio menos recargado. Cenamos por ahí y sin querer miro a la mesa de atrás, hay un vagabundo sentado a la mesa departiendo con sus amigos, un incluido más.
martes, 22 de febrero de 2011
Ardillas
Se supone que deberían estar refugiadas en los árboles, pero terminaron acostumbrándose al calor humano o quizá a los restos de comida desperdigados.
La mujer dedica su tiempo a estar con ellas, incluso les habla y les pone nombres a cada una. Las defiende de los perros que intentan cazarlas sin éxito alguno, mientras mira de reojo a sus dueños. Es tal su devoción que la piel ha comenzado a cambiarle de tono, digamos que un café oscuro, de ardilla. No muestra señales de amargura o desdicha ante la metamorfosis sino más bien una simbiótica perversión con esas ratas con estola que la rodean a la misma hora, como todos los días.
La mujer dedica su tiempo a estar con ellas, incluso les habla y les pone nombres a cada una. Las defiende de los perros que intentan cazarlas sin éxito alguno, mientras mira de reojo a sus dueños. Es tal su devoción que la piel ha comenzado a cambiarle de tono, digamos que un café oscuro, de ardilla. No muestra señales de amargura o desdicha ante la metamorfosis sino más bien una simbiótica perversión con esas ratas con estola que la rodean a la misma hora, como todos los días.
viernes, 4 de febrero de 2011
El invitado

Un pastel cremoso que provocaría unas horas después una revolución en el estómago, una botella de vino, dos amigos, el desconocido y su perra, la festejada y su perra, alrededor de la mesa. Finalmente el desconocido se animó a subir al departamento después del café que amablemente le invitó a la festejada. Plática larga, coincidencias, por ejemplo la amiga común.
En el parque se toparía con él y con su perra obesa, terminaría charlando como si se tratará del reencuentro con el amigo de la vida. No hubo espacio para los clichés o los lugares comunes. Lo más natural hubiera sido una charla educada y después retirarse sutilmente, pero no fue así. La festejada extrañamente perdida y a la vez relajada en ese día que no era precisamente de su devoción, olvidó las llaves de su casa dentro de su casa, como si en el fondo no deseara regresar. Llegó a pensar que su popularidad no la dejaría en paz ni siquiera el día de su cumpleaños, aunque en realidad sólo tenía una llamada perdida. Ese fue el motivo de la primera escala a su casa. En resumidas cuentas:
La festejada fue al parque y regresó a su casa por el celular olvidado, sin embargo al cerrar la puerta se percató que había dejado sus llaves dentro. Regresó al parque a buscar a su perra, la encontró jugando, después se encontró con el desconocido, quien le ofreció una charla con café. Sucedió que se cayeron demasiado bien, así que ella lo invitó a partir un pastel cremoso y a tomar una copa de vino con dos amigos, incluyendo a dos perras, una cachorra, otra obesa. Después vendría la revolución estomacal. Después ya no se sabe.
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