domingo, 8 de julio de 2012

Más de cerca

 
En bicicleta se puede mirar el mundo más de cerca. Hoy la ciudad estaba despejada, así que se podía observar a detalle, como cuando pones una lupa frente a ti y el mundo se agranda.
La calle empedrada sacudía mi cuerpo y me recordaba a los asientos-vibradores para masaje de los centros comerciales. Nosotras pasamos a dos ruedas, el hombre pasó caminando en la banqueta. De pronto cayó abruptamente al piso, nos volteamos a ver sin saber qué hacer ante la espuma de su boca y los brazos torcidos como poseído. Segundos o quizá un minuto, el hombre, que se llamaba Lorenzo, estaba extenuado, como si hubiera corrido un día entero.
Lo acomodamos en una barda, le dimos agua. Lorenzo traía una credencial colgada que decía: Epiléptico. Trabajaba en una constructora pero su jefe lo despachó ante la amenaza de que cayera de un andamio.  Al parecer la altura de la ciudad le provocaba más ataques. Angustiado porque su jefe  le debía 1200 pesos lo buscó en la constructora sin encontrarlo, tampoco en su teléfono. Era evidente que su rumbo no era la ciudad de México y que iba a estar mejor con su esposa e hijos en Oaxaca, su tierra.  Las carteras se vaciaron; pusimos el dinero en su bolsita de plástico que sustituía al monedero.
Son las 10 de la noche, quién sabe si realmente Lorenzo se fue a su pueblo o si estará caminando entre la lluvia esperando a que llegue su jefe a la constructora para pagarle.

lunes, 4 de junio de 2012

Decisiones desde arriba


 
Tenía problemas en el vientre. Su rutina consistía en llevarse al baño su neceser con el cepillo de dientes y el maquillaje. Pero antes debía echar el aire que su cuerpo enjuto guardaba.
              Llevaba quince años en aquel corporativo. Durante ese tiempo sólo se apareció cinco veces en el comedor industrial repleto de cientos de empleados que se miraban las caras sin saber siquiera sus nombres. Sol vetó aquel lugar con la ilusa idea de suprimir sus gases, cambiando sus costumbres alimenticias por comida rápida del centro comercial. 
              Los corporativos son un caso. En las mañanas huelen a flores del campo y en las tardes cloaca, a descomposición de empleados digiriendo las albóndigas, a empleado con el jefe “atorado”, incapaz de vomitarlo o de cagarlo por el temor a ser despedido, a chismes de oficina de hombrecillos que no saben vivir fuera de ella.
              Se rumoraba que Sol era la del escándalo en el baño justo a las tres de la tarde, pero nadie podía asegurarlo. La veían tan propia con esas faldas de marca mostrando sus rodillas huesudas, que les costaba trabajo visualizar a esa directora en periodo de descomposición permanente.
              En el baño aprendió a ser paciente y a esperar a que saliera la última mujer para poder abrir la puertecilla del escusado y respirar aliviada ante su ametralladora. Afortunadamente en su oficina era libre.
              Cierto día se quedó trabajando hasta muy tarde, pues tenía que presentar el informe anual ante el director general y otras personas. Como ya no necesitaba a su asistente la despachó y se quedó sola. Sola y sus gases.
              A pesar de las pastillas antiefluvios, éstos no lograban disiparse, sino que iban en aumento. Afortunadamente el piso 2 estaba desierto, incluso el personal de limpieza se había ido.  En su escritorio, entre papeles y documentos, Sol, con el botón del pantalón desabrochado, intentaba concentrarse, pero los ruidos de sus entrañas se lo impedían. Uno tras otro, de menor a mayor intensidad, las ventosidades estremecían las ventanas de su oficina.
              “Quizá ir al baño, sacar lo que me encabrona, lo que no me parece, gritarlo a pedos, a mierda, sacudir mis entrañas y sentirlas hasta el fondo”, pensaba Sol. Sin embargo al moverse de su escritorio se percató de que sus zapatos no estaban pisando la tierra.  Tallando sus ojos como si despertara de un sueño, se dio cuenta de que levitaba conforme los gases salían de su cuerpo. Flotando llegó a la oficina de sus subordinados. Podía mirar sus fotos familiares sobre los corchos, sus post its con recaditos de amor, las tazas con el logotipo de la empresa y las plumas de múltiples formas.
                Sol se despreocupó y por primera vez en sus 57 años de vida se dejó ir.  Ni siquiera cuando era niña y se columpiaba se soltaba. Solía poner el pie derecho como freno, raspando casi siempre sus zapatos de charol. Lo que más le preocupaba era sentir el estómago hasta arriba, como en la Montaña Rusa y que alguien más la jalara hacia un aterrizaje forzoso, hacia el abismo. En aquel entonces su madre sólo se percataba de que sus zapatos tenían que ser sustituidos cada tres meses por unos nuevos porque a la niña no le duraban.
                Es viernes por la mañana. Rosita, la asistente, no se extrañó de ver la computadora prendida, su jefa solía dejarla así.  Sol había llegado hasta el lobby del corporativo donde escrutaba la llegada de cada empleado, desde el rincón superior derecho, su nueva ubicación. Veía los escotes, las calvas prematuras de los jóvenes, la caspa de algunas chicas, la gomina pegada al cabello de ciertos empleados, una nueva dimensión. 
                Cuando el vigilante la descubrió le llamó a los de seguridad para que comenzaran con la operación de rescate, pero ella se negó. 
                “Flotando la vida es más sencilla. Tuve muchos años los pies en la tierra y ya estoy cansada de raspar los zapatos. Quiero explayarme, sacar lo que nunca me he atrevido. Las flatulencias son parte de mí, me han hecho volar y definitivamente no quiero bajar”, escribió su asistente en un comunicado dictado desde arriba por su jefa y que circuló entre el personal de la empresa.
                 Hoy son las tres de la tarde, Sol ya es parte del paisaje del corporativo. Las chicas siguen con su rutina de retocarse el maquillaje y sacarse disimuladamente el pedazo de carne atorada que no sale con el cepillo de dientes. Siguen mirándose de reojo en el espejo del baño para ver quién trae los mejores zapatos. Por ahora se acabaron las suposiciones, “habrá que encontrar un nuevo rumor”, piensan sin decirlo.

lunes, 14 de mayo de 2012

Inspiraciones

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El hombre camina en la nieve y cada vez que sus pasos intentan ir más rápido sus pies se sumen, como si se dejaran llevar por la profunidad del paisaje. Sólo veremos la blancura  cegadora y al hombre mover los pies sin cambiar de ritmo, sin alterarse siquiera ante la monotonía del blanco. Su respiración se entrecorta, sale vaho de su boca, quizá la manera de comprobar que sigue vivo. No hay atras, ni adelante, sólo un horizonte abismal, mudo.

jueves, 19 de abril de 2012

El abrazo



Parece domingo, aunque en realidad es jueves, sin embargo ellos han permanecido más de diez horas en la cama sin importarles que es un día común y corriente, que hay que ir al super porque sólo quedan dos huevos en el refri, hacerse un café, bañarse, poner una lavadora de ropa blanca, trabajar, salir de la cama.  En realidad ellos platican, se ríen, hacen el amor, platican, se ríen, hacen el amor, un loop que muchos envidiarían.
          Son las cinco de la tarde, de pronto los pájaros se callan, ellos no se dan cuenta hasta que sienten el movimiento de un vals acelerado que se transforma en brincos de punks en concierto. Los libros salen de su sitio; la A de Arenas va a caer junto a la K de Kenzaburo, la S de Salinger junto a la M de Musil.  Las lámparas se ladean en un “no” definitivo, el espejo redondo se pierde en la asimetría.
          Impavidos, ellos, llamémosles María y Pedro, han decidido quedarse en la cama y abrazarse tan fuerte como puedan, como los cinco años que llevan juntos. "La tierra se está vengando de nosotros, todos somos una bola de cabrones, hijos de puta", piensan.
          Las decisiones de último momento son las más certeras, incluso las de mayor claridad, por eso María y Pedro han tomado la resolución de seguir abrazados, hasta que se los lleve la chingada.

domingo, 25 de marzo de 2012

Reflexiones de cocina



En el acto de cocinarle a alguien 
hay un sincero acto de amor.
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