jueves, 22 de mayo de 2014

Sobreexposición visual


Sales a la calle y miras lo que se te dé la gana. Miras a la gorda con mayones blancos, a la escuálida con mayones negros, el tatuaje del cajero del Oxxo, la joroba de la octagenaria, a los oficinistas con círculos de grasa en el saco, a las cougars de tacones-zancos, a los ciclistas amateurs, también a los hombres que caminan por el camellón.  Miras el “se renta”, también al vagabundo con media pierna de fuera, a la cucaracha color cabello de algunas mujeres, a la loca que grita entre los coches y te recuerda que las brujas existen; al hombre y a la mujer poco agraciados, al cielo color melón, al piso y a los escupitajos, a los zapatos del aparador, a los encabezados de los periódicos, al niño con los mocos en la mitad del rostro, a los vientres amasados con rodillo, a los que ya se salieron de cauce, el sol, la luna, al albañil de pantalones pegados, a la chica bien con ropa de marca, a la mesa de al lado, al extranjero con mapa en mano, al ojiverde, a la mujer de labio leporino, al perro dando pasitos como de ballet, a la dueña gritándole, a las gotas de lluvia, a la pared resquebrajada por otro temblor, a las flores marchitas, a los sanjuderos con cejas depiladas, al de los periódicos, a la virgen del taxista, a la viejita con el hijo tarado, al matrimonio aburrido, a los novios devorándose en un rincón del metro, al hombre que sabrosea a la mujer de minifalda, al mensajero de la moto, al “viene, viene”.


Miras y si te cansas, cierras los ojos y escuchas lo que hay a tu alrededor. Lo más seguro es que no puedas permanecer ni diez minutos con los ojos cerrados porque querrás ver todo lo que se te dé tu regalada gana.

domingo, 20 de octubre de 2013

Paraíso: de cuento a película




Ayer vi por primera vez Paraíso. Después de la proyección hubo una sesión de preguntas. Aún no terminaba de asimilar la película cuando Mau hizo LA PREGUNTA:

Mau: ¿Qué te pareció la adaptación a cine? ¿Ves muchas diferencias?
Yo: Mmmmm, más o menos. Es que en mi historia la chica es la que sugiere ponerse a dieta y en la película el chico es quién lo sugiere.
Público: ¡Noooooooooooo!
(Risas, muchas carcajadas)

Y no me queda más que reírme de mí misma, de mi lapsus, de los nervios de hablar en público, de que me agarraron en curva y de que tenía pocos segundos para contestar acertadamente.

Ahora podría dar mi respuesta:

Siempre habrá diferencias entre algo escrito y algo visto en cine, lo cual obedece a que es una metáfora. En este caso la primera parte es similar a mi historia, es decir, se pone a los personajes en un contexto, se les muestra como son: amorosos,  compañeros y amigos. Después viene la otra parte, la que la guionista y directora recreó acertadamente. Mi cuento es crudo, pero Mariana Chenillo pudo mostrar lo entrañable de los personajes, su esencia.

Carmen es como yo la imagine, hermosa, tierna, con actitud y fuerza; Alfredo logra la evolución de su personaje. Los dos van en declive cuando su paraíso se vuelve un infierno, desolador, cuando las formas terminan separándolos.

Fue muy emocionante oír las porras de mi novio, de mi familia y de mis amigos en la sala 1 del Cinépolis, como si estuviera en un concurso; también las felicitaciones de conocidos y extraños, las preguntas y las respuestas tergiversadas (por los nervios, aclaro).

En el 2004 nunca pensé que esta película se fuera a concretar. Hoy miro carteles en el centro de Morelia y recuerdo a Pablo, el productor, que desde el día uno se enamoró del cuento y apostó por él. Y yo recuerdo que un día mi querida prima Ana Paula me contó la anécdota de una pareja con sobrepeso. 

Así fue como decidí escribir sobre mi propio paraíso.



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viernes, 19 de julio de 2013

Lo que hay es la luz





La vida no puede permanecer sin marcas, son ellas las que nos determinan a lo largo del camino. Hace casi tres meses a mí me determinó la partida de Gaby, mi querida amiga y comai, quien se fue sorprendida ante los volcanes que se alcanzaban a ver aquella tarde.

Gaby me regaló una lámpara que puse casi inmediatamente después de su partida; Aurelio Asian, el título de un poema que sin querer queriendo reunía lo que en ese momento y hasta ahora siento.

Diario prendo la luz que Gaby me dejó. Eso es lo que hay, lo que queda.

lunes, 17 de junio de 2013

Pies sobre la tierra

Odiaba a sus pies. Tanto que cuando iba a la playa los metía dentro de la arena; las sandalias con los pies desnudos no iban nunca incluidas dentro de su maleta, ni en tiempo de calor.  Ana se había acostumbrado a no mirar sus pies, sabía que tenía que tallarlos y cortarles las uñas de vez en cuando, también ponerles zapatos o botas antilluvia.
          Llevaba un tiempo sin salir con nadie. El chico que hacía ejercicio en el camellón la había mirado varias veces sin atreverse a hacerle plática. Hasta que por fin lo hizo. Hablaron durante más de cuatro horas en su primera cita, quedaron de verse al día siguiente y al siguiente.
          Los problemas comenzaron cuando Juan, que así se llamaba el chico, cierta noche quiso besar sus pies, entonces le quitó los calcetines, pero Ana le dio una bofetada que lo mandó al suelo. Resultó que Juan tenía una fijación con los pies femeninos y todas sus mujeres se habían acoplado a sus costumbres y a su podofilia. Para él los pies eran la base de la vida, mientras que para Ana, simplemente un artículo de primera necesidad. Juan quedó desconcertado, pero esperaría a la primera oportunidad para tratar el tema de su filia y del rechazo de su mujer. 
          Un día Ana y Juan fueron a una boda, de esas a las que uno está obligado a ir por compromiso. Se dedicaron a probar cuanto bocadillo pasaban en la mesa y a beber sin mesura. Después de mezclar vino y ron se pararon a bailar cumbia y salsa, se movieron como dos expertos, los invitados los veían con admiración. Sin embargo en una rumba con doble vuelta incluida, Ana perdió la tapa de su zapato y cayó al suelo con las piernas abiertas. No se podía mover, le quitaron los zapatos y ella perdidamente borracha no se percató. Así fue como Juan descubrió que su mujer había nacido en lo más profundo del mar, sus pies así lo indicaban.

sábado, 20 de abril de 2013

Miss Cuitláhuac

Varias fotografías cuelgan de las paredes: Sara posando con las olas del mar golpeando detrás de ella; Sara en un mirador con un vestido a la rodilla; Sara saludando; Sara con rostro de sorpresa a punto de llorar; Sara con su corona.
          Su reinado como Miss Cuitláhuac duró algunos meses pues su novio, después esposo, le prohibió volver a pensar en esas frivolidades. Así que Sara se retiró para instalarse en el amor. Sin embargo el amor le duró algunos años pues su esposo se fue tras otras caderas. Fue así que Sara se quedó sola con Eduardo, su pequeño.
          Llevaba mucho tiempo sin trabajar. Se había dedicado de lleno al hogar y a hacer pasteles de dos pisos para su hijo y marido cada vez que cumplían años. Sara reunió tantas recetas como kilos. Sus brazos se habían rellenado de tal forma que era imposible señalar la luna con ellos; las nalgas se habían vuelto dos gelatinas a medio cuajar con cráteres celulíticos. Sus ojos, cada vez más pequeños, habían sido devorados por los cachetes. Sin embargo su rostro seguía conservando la ingenuidad que alguna vez hechizó a su ex marido y a los jueces de Miss Cuitláhuac. Sara se había abandonado: sus ventanas se estaban cayendo, sus puertas rechinaban, sus cortinas se iban percudiendo, sus tazas estaban despostilladas, sus pisos manchados, sus tuberías con principios de óxido.  Era demasiado peso el que cargaba.  Cuando fue Miss Cuitláhuac sus razones de peso eran lucir su belleza, ser alguien en la vida y ocupar el trono que le correspondía. Sara creía en el amor de las telenovelas, en las frases cursis de los hombres y en las baladas. Como muchas mujeres soñaba que el príncipe redentor llegaría a su vida a rescatarla de los sapos y de las brujas envidiosas.
          Inició la venta de pasteles para mantener a Eduardo, pero no era suficiente. Uno de sus clientes, un hombre de unos sesenta años, solterón y con dientes amarillos de tanto fumar, comenzó a cortejarla y a querer estar entre sus carnes. Sara no lo pensó y se dejó hacer. El hombre navegó entre metros de piel y exploró lo que seguía después del ombligo. Tardó varios minutos en encontrar ese centro jugoso que había permanecido intacto durante varios años. Así fue como cada semana don Casimiro y Sara se veían (previo pago por sus servicios).
          Las bondades del cuerpo de Sara se propagaron por el barrio. Adolescentes, jóvenes, adultos y octagenarios tocaban a su puerta. Se rumoraba que Sara poseía una caverna de donde muchos no querían salir pues experimentaban una sensación de paz y serenidad en ese cuerpo voluminoso que daba calor cuando el frío engarrotaba los pies.
          Eduardo creció y se fue. Sara continuó haciendo pasteles para dárselos a sus clientes. Sucedió que don Casimiro exigió un trato preferencial. Finalmente él la había iniciado en los menesteres mercantiles del cuerpo y como tal merecía una comisión. Sara no estuvo de acuerdo, pero don Casimiro no la escuchó y prefirió pegarle en las nalgas con uno de sus rodillos para amasar. Ella no se defendió,  recordó las palabras de su ex marido cuando la dejó: “Eres una vaca, tu leche no vale nada”.Los días fueron pasando y el odio de Sara hacia don Casimiro era más grande que sus propias caderas. Discutieron, él le pegó, ella le grito; él le grito, ella le pegó por primera vez; él intentó sarandearla; ella sí lo sarandeó; él la insultó; ella también. Como dos perros salvajes comenzaron a morderse, a jalarse los cabellos, a gruñirse, hasta terminar uno abajo del otro en el piso. Don Casimiro se estaba quedando sin aire, pero Sara no podía quitarse porque de tanto golpe se había fracturado la pierna, no podía moverla, así que permaneció impávida ante las súplicas de don Casimiro. En el piso Sara pensaba en su hijo Eduardo, en que odiaba a su ex marido; en que sus pasteles de zanahoria eran los mejores del barrio; en su cuerpo y sus bondades. Don Casimiro emitió la última exhalación entre los dos pechos de Sara y quedó como un mosquito aplastado. Sara no sabía qué hacer. Su celular estaba en la recámara, las ventanas estaban cerradas y los vecinos solían escuchar la música a un volumen incontrolable.
          Habían pasado dos días y ya olía a muerto. Sara intentó moverse, pero sus dimensiones no la dejaron, parecía una cucaracha con el caparazón al revés luchando por quedar en su posición inicial. Le dolía la pierna, se estaba poniendo morada. Sus orines se extendían por el piso (de la caca mejor no dar detalles).
          Quince días después los vecinos llamaron a la policía. La fetidez ya había inundado el edificio.  Cuando abrieron la puerta encontraron una montaña de cuerpos: don Casimiro y Sara encima de él; uno angustiado, la otra serena con los ojos clavados justo en el cuadro de Miss Cuitláhuac, donde está posando con las olas del mar golpeando detrás de ella.
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