lunes, 23 de agosto de 2010

Méx-Ba


Haciendo caso omiso de las reglas, la física, los aviones y cualquier lógica, M abrió la ventana de su recámara con un solo fin. Unas ojeras que simulaban las ués de su infancia le recordaron las tres horas de plática virtual de ayer. ¿Valía la pena?
          La escena se repite con todo y gerundio: Haciendo caso omiso de las reglas, la física, los aviones y cualquier lógica posible, M abrió la ventana de su recámara con la idea de caer. No tenía miedo porque sabía que en el hemisferio sur habría una ventana abierta.
          Entonces sonrío porque las pláticas virtuales con N ya no tendrían cabida; ahora podrían estar descalzos en el parque mirando a la gente pasar o incluso cambiar de escenario e ir en sentido contrario de la gravedad, pasando de lado la física para caer justo a la mitad del continente, en aquella ventana. De esa formar M lo llevaría hacia senderos inexplorados, una locura que en su país era cotidiana y en otros se miraba como exotismo puro.
          Parecía sencillo, pero M no contaba con que N sufría de vértigo; le aterraba el abismo. Imposible mirar las nubes desde un avión, los coches desde un puente, imposible ir más allá con una mujer porque entonces se sentía abismado y llegaba el insomnio, el mal humor.
          Para su fortuna las charlas virtuales facilitaron su vida, dándole una especie de fuerza ante las primeras reacciones de las chicas y distanciándolo de cualquier dejo abismal. N seguía las reglas de la física y la lógica; sus ventanas podían permanecer cerradas; los saltos de sur a norte o en su defecto, las caídas de norte a sur simplemente no figuraban dentro de sus actividades. En realidad su pantalla de 15 pulgadas le proporcionaba cada noche comodidad absoluta, un reencuentro con N, siete años después.

jueves, 12 de agosto de 2010






Perdió el piso paulatinamente, entonces los techos se convirtieron en su mejor refugio. Luego llegarían los impulsos suicidas.
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