jueves, 15 de enero de 2015

Flan napolitano

Cuando le dieron la noticia, doña Rosy se dedicó a adornar la pared de aquella recámara con nubes y olas de mar. Pintó y acomodó  muebles y chambritas, movió varias veces la cuna de lugar y finalmente quedó satisfecha. La mujer no se vino abajo ante la nula respuesta del progenitor, leyó revistas de moda con tips para ser una buena madre, oyó los consejos de sus amigas y de las mamás de sus amigas y espero pacientemente nueve meses.
“Le voy a contar cuentos, le voy a enseñar a ser un buen hombre o una buena mujer, a según. Voy a hablarle del amor y de las cosas bonitas de la vida; le voy a enseñar el mar, vamos a nadar y a jugar a las escondidillas”, decía a solas aquella mujer en un monólogo donde sólo la escuchaban las paredes y las plantas de su diminuto y gélido departamento.
El parto fue normal, el niño no.  Cuarenta y siete cromosomas en vez de 46 salieron a flote y formaron a un niño con síndrome de Down. Después de una depresión posparto y de la famosa cuarentena, doña Rosy fue asimilando su papel y se dedicó a su pequeño en cuerpo y alma, como se dice comúnmente.
Fue paciente cuando a Julito se le ponían los cachetes rojos con cada berrinche, cuando pataleaba y le pegaba sin querer, cuando hacía trompetillas con el Gerber y escupía la leche en el piso de la cocina, cuando prefería gatear en vez de caminar, cuando sacaba las revistas del librero y las rompía con sus manitas, cuando eructaba en la calle, cuando se le olvidaba avisar y se cagaba en los pantalones, cuando dejaba sus manos grabadas en la pared, cuando le dijo “má” a los cinco años y cuando sin querer tomó una bolsa de papitas del súper y un policía con cara de pocos amigos  nlos interceptó a la salida.
Doña Rosy logró meterlo en una guardería y después en una escuela especial. Cada mañana dejaba a su hijo mientras ella tomaba el camión que la llevaba a la tienda departamental donde trabajaba desde los veinte años.
Había sido una mujer atractiva. Siempre trataba de destacar sus ojos verdes con el rímel, sin embargo las ojeras invadían gran parte de su rostro, el cabello se le había resecado y le había quedado una ligera pancita tras su maternidad que con los años fue inflándose. A diferencia de ella, el aspecto de Julito siempre reflejaba cuidado y atención: cabellos bien cortados, zapatos boleados y cara limpia, excepto por las babas acumuladas que se formaban en las comisuras de los labios del niño, luego del adulto. A ello se sumaban  algunos gases sin pudor y excavaciones en la nariz para hacer con los mocos figurillas y dejarlas pegadas en las paredes. Cuando su hijo cumplió 40 años, doña Rosy decidió dejarle un bigotito que cada tercer día era rasurado para que no perdiera su forma; a esto se incluía una cachucha a cuadros que variaba dependiendo del color de ropa.
En todo este tiempo doña Rosy no dejó de jugar con Julito ni de inventar actividades pese a las canas, a las varices y al cansancio acumulado de sus 70 años. Sus ratos de recreación eran cuando dormía y soñaba que ella y su hijo vivían en una casa frente al mar, jugaban con las olas, caminaban y sonreían mientras el sol le daba a sus ojos un efecto oriental.  Cada noche llevaba al niño después del trabajo al parque, el único lugar donde podía respirar aliviada y suspirar a diestra y siniestra. Un excelente distractor para ambos. Allí solían sentarse en la banca de siempre sin un fin específico. Muchas veces los pensamientos de doña Rosy se concentraban en la fragilidad de su hijo. No lograba imaginar cómo sobreviviría aquel hombre-niño cuando ella no estuviera, entonces sus ojos adquirían ese brillo tan típico de la melancolía y luego venía ese dolorcito que a veces le oprimía el pecho.
Aquel domingo a doña Rosy le había tocado descansar, así que aprovecharía para hacer el flan preferido de Julito e ir al centro comercial. Tenía ganas de comprarse una blusa blanca bordada, la que había visto justo en el aparador de la tienda hacía dos semanas. Julito le tomó la mano como siempre y se dejó llevar. Doña Rosy le compró un helado doble de chocolate y permitió que se manchara las manos. “Pobre hijito, quizá esta sea la mejor forma de sentirte feliz”, pensaba.
Sentados en la banca del centro comercial, pasan frente a ellos parvadas de adolescentes, manadas de amigas con pantalones tomados del mismo patrón, parejas en crisis y recién casadas. “¿Alguien se tomara la molestia de mirarnos”, le pregunta doña Rosy a su hijo sabiendo que sus palabras no encontrarán eco. Los tres bostezos seguidos son un reflejo de su agotamiento, del peso de haber cargado durante tantos años a un ser que no piensa como ella, pero que ama sin reservas.
Después de un breve descanso, retoman su camino. Ambos van arrastrando los pies, una por cansancio, otro por torpeza. La blusa blanca bordada está esperando a doña Rosy en la sección de saldos de la tienda Super Woman. Julito se distrae jugando entre la ropa, su madre lo mira a lo lejos y sonríe, sin embargo su vista se nubla y cae al piso sacudiendo a la boutique. Aún no se percata del colapso de su madre y sigue jugando, pero al alzar la vista para buscarla, se da cuenta de que hay gente arremolinada. Algunos toman sus teléfonos, otros dirigen, dándoselas de doctores y otros más rezan.
Diez minutos después llega la ambulancia. Doña Rosy comienza a enfriarse. Julito es ignorado, no sabe que su madre acaba de morir de un infarto fulminante. La busca desesperadamente en la tienda, tal vez se escondió entre la ropa (a su madre le gustaba hacerle bromas y jugar). Comienza a llorar nerviosamente, alcanza a decir “má” entre balbuceos, la baba se agolpa en las comisuras de los labios y en su bigote, baja por el rostro hasta llegar a su camisa, mueve la cabeza de un lado a otro, no entiende lo que sucede.
Tres horas después la dependiente logró sacarlo con la ayuda de los guardias de seguridad. Julito seguía llorando. Arrastró los pies por el centro comercial y llegó a la tienda de los helados, la cajera lo reconoció, le preguntó por su mamá, no contestó y siguió su camino. Dos vueltas, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, de nuevo vueltas. Salió del lugar para continuar su búsqueda, pero su mamá seguía sin aparecer.  La costumbre de comer a cierta hora comenzaba a reflejarse en los ruidos que hacía su estómago. Pronto iba a comenzar su programa favorito, ese donde la gente canta, además en el refrigerador hay un flan napolitano preparado especialmente para ese momento.



domingo, 4 de enero de 2015

La voz de los barcos



Ver un barco en el mar es tan sorprendente como ver un avión en el cielo.  Uno ha "domado" de cierta forma las aguas del mar, otro, las nubes, aunque nunca se sabe. Oír la voz de los barcos me puso la piel chinita, incluso salieron unas cuantas lágrimas. Era como escuchar una voz suprema, una voz grave que salía desde lo más profundo, que logró acallar al viento, a las olas del mar, a los enamorados, incluso a los animales del mar.
La voz de los barcos retumbó, anunció los adioses y las bienvenidas.

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