martes, 2 de junio de 2015

Siempre te recordaré bailando


I
Habían peleado en toda la ciudad, sólo les faltaba el Oriente y los confines del Norte. Clara y Ricardo se conocieron en una panadería. Él escogía conchas y donas, ella llevaba sólo bolillos. Allí comenzaron sus diferencias.
Salieron durante dos semanas, después se hicieron novios y luego esposos, pese a todo, pese a que a él le gustaba el futbol y a ella ir a clases de yoga, pese a que uno prefería el bosque y otro la playa.
Ricardo no confiaba en Clara. Todo lo que hacía le parecía sospechoso, si estornudaba, si se rascaba la nariz, si tenía una junta en el trabajo a deshoras, si le hacía pasta, si lo abrazaba, si se ponía falda, si lo quería más un día. Sin embargo la amaba porque cada vez que ella reía él se ponía de buen humor y por un momento se olvidaba del mundo. Ricardo amaba a Clara cuando ella se recargaba en su pecho buscando protección, se enternecía porque a veces parecía que su mujer escuchaba el mar.
Por su parte Clara llegaba del trabajo a revisar el armario porque pensaba que su marido algún día iba a desaparecer sin dejar rastro siquiera de los pelos de su barba, esos que siempre quedaban regados en el lavabo y que tanto odiaba limpiar. Sin embargo lo amaba cuando sus ojos intentaban penetrar en los de ella para tratar de explicar lo que no tenía explicación. Clara amaba a Ricardo cuando sacudía sus emociones y la confrontaba pacíficamente en búsqueda de respuestas.
Era una especie de montaña rusa lo que ambos experimentaban. A veces se sentían en la cúspide, pero inevitablemente se tambaleaban hasta caer primero lentamente, después violentados con una sacudida que les daba vértigo y les revolvía el estómago. Sin embargo se amaban, lo sabían cada vez que sus ojos se encontraban.

II
Llevaban de lunes a domingo peleando, casi un mes de dimes y diretes, de tú fuiste, de yo no fui, de haces todo mal, de vete a la mierda, de no funcionamos, de ya hay que tronar, de podemos ser amigos, de estamos lastimándonos, de la cagaste, de no me hables así, hasta terminar siempre acurrucados bajo las sábanas.
Los dos tenían ojeras pues casi siempre las discusiones eran durante la noche y se alargaban hasta la madrugada. En el trabajo de Ricardo le hacían burla pues pensaban que cada noche él y su esposa se desvelaban copulando para tener un hijo. “Sería el anticristo”, le decía Clara cada vez que Ricardo le contaba las bromas de sus compañeros. Sin embargo ella no consideraba descabellada la idea de tener al anticristo y salvarse de ellos mismos creando a un monstruo para que finalmente los devorara.  Fue por eso que le propuso a Ricardo irse de vacaciones; él estuvo de acuerdo y,  pese a su desprecio por las playas, propuso ir a una, eso sí en un hotel All Inclusive, nada ecológico, odiaba cagar entre malezas o dormir en hamacas con moscos.
Llegó el día. Se subieron al avión,  durmieron los 42 minutos que duró el viaje. Habían peleado toda la noche. Clara lloró, Ricardo se salió de la casa y llegó dos horas después con aliento a cerveza. “Te recuerdo que mañana empiezan nuestras vacaciones”, dijo con voz adormilada. “Ya lo sé”, contestó Ricardo.
El hotel estaba a reventar. Se podía ver a varias personas vestidas con camiseta anaranjada y cachucha negra en los elevadores, en los pasillos, en la alberca, en el restaurante y en la playa. Un animador con un megáfono los motivaba a participar en las actividades organizadas por Zosit, la empresa a la que pertenecían, con el objetivo de ser mejores empleados.  Clara los veía desde su palapa y sentía pena por ellos, por sus actuaciones para demostrar que tenían la camiseta puesta. En cambio, Ricardo envidiaba sus actividades deportivas, pues creía que los alejaba de sus problemas personales. Incluso pensó en hacerse pasar por un empleado con tal de echarse una cascarita en la playa. Pero no lo hizo. Permaneció estoico al lado de su mujer, abanicándola con una revista de chismes, mientras él se tomaba su onceava cerveza.
Llevaban dos días sin pelear. Habían prometido hacer el amor diario. Incluso Ricardo prometió no quejarse del calor, ni de la arena, ni del sol, ni de las reservas naturales que iban a conocer en la lanchita que había rentado para pasear a su mujer y mantenerla contenta. Así fue que a medio día se prepararon para hacer un recorrido en el mar, empacaron cervezas, botanas y una cámara. Ricardo dijo que sabía manejar lanchas porque sabía manejar motos. Poco a poco la playa fue transformándose en un puntito, después se mezcló con el mar y con el cielo.
–¡Cómo no te gusta! –dijo Clara.
–No está mal, pero prefiero algo con más vida.
–¿Más vida que el mar? –dijo sorprendida Clara.
Ricardo iba a replicarle a su mujer, pero el viento y las olas de mar se entrometieron en la charla, entonces Clara se acostó boca arriba y él boca abajo.
Cuando despertaron el viento estaba frío. A ella le ardía la cara, a él la espalda. El sol había desaparecido. La espesura de la noche los acompañaba. No había luna, el cielo se confundía con el mar. Por primera vez coincidieron en algo: tenían miedo. No sabían dónde estaban. Se habían terminado las botanas y las cervezas. No había luces de hoteles o signo de vida, excepto el vaivén del mar. Ricardo encendió la lancha y avanzó; aplicó el método de meterse un dedo en la boca y sacarlo para encontrar el camino, uso su encendedor para hacerse visible, el celular también, pero no había señal, el flash de la cámara como reflejante, sin embargo no hubo resultado, ni siquiera sus vagos recuerdos de Boy Scout ayudaron. Tras varias horas la lancha se agotó y no avanzó más.
–No sé qué va a pasar con nosotros, pero algo sí me queda claro: la imagen de ti y de mí juntos es cuando yo bailaba y tú me veías con esa sonrisa infinita –dijo Clara con voz temblorosa.
–Siempre te recordaré bailando –contestó Ricardo.
Se abrazaron muy fuerte, tanto que a Clara le costaba trabajo respirar. Se agregaron los sollozos al sonido del mar y del viento.

III
Nadie se percató de que los Gómez Haro llevaban tres días sin ir al buffet del restaurante “Mar Adentro”, de que la señora no había ido a darse masaje como cada tarde, de que habían dejado de oírse suspiros cada noche, de que el minibar de la habitación 404 conservaba las cervezas intactas.
            Hoy la actividad de los empleados de Zosit consistía en participar en un rally y después escuchar las palabras del director general. Aún faltaban varias actividades de integración, sin embargo se interrumpieron cuando el empleado del mes encontró la lancha donde los Gómez Haro habían salido a dar la vuelta. Hizo señas a sus colegas para que pidieran ayuda. Había un hombre y una mujer en la lancha, tenían los rostros y el cuerpo del color de un camarón. “Se ve que se querían mucho por la forma en que están abrazados”, pensó en voz alta, mientras veía a los guardias de seguridad acercarse al ritmo del reggaeton que se escuchaba como música de fondo.




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