martes, 2 de junio de 2009

Perros como dueños o dueños como perros












Eso de que las mascotas se parecen a su dueño es verdad. Mis vecinos, con los cuales no me interesa convivir por razones que después enumeraré, tienen mascotas, al menos dos de ellos.

El del piso de abajo tiene un perro negro que ladra ferozmente cada vez que estacionas el auto. A ese vecino a veces le da por mirar quién llega; al perro también, y como su dueño, no sonríe, porque es un hecho que los perros sonríen.  

La vecina del segundo piso, una mujer con cabellos pintados y lentes como de Erick Estrada en Patrulla Motorizada, tiene un pastor alemán cachorro.También tiene un hijo, de más o menos 30 años de dudosa salud mental. Ese cachorro es huidizo y no se atreve a entablar una relación. Quizá herede la locura de su dueña, una mujer amargada a leguas que disfruta escribir frases amenazantes en los vidrios de los autos con lápiz labial: No te estaciones en la entrada… así adorno mi vidrio.

Yo tengo un labrador; casi todos lo conocen de oídas. Que si el jetty se comió los aretes de un matrimonio de más de 30 años, que si se dio un festín de caca, que si ronca como señor y se adueña de las camas, que si está drogado con esos ojos llorosos, que si se comió un pastel de cumpleaños entero, que en realidad siempre ha querido montarse a todos los perros, que si tiene un ligero retraso mental. Hugo, o sea el jetty, es tonto, pero yo no. Es distraído como yo y también tiene excelente olfato, como yo. A veces no conviene oler lo que no se debe porque luego uno descubre lo que tal vez no convenía saber. Como yo, le gusta que lo mimen y viajar de prado en prado (aunque sea al camellón más cercano). Hugo sonríe, yo lo he visto y también se entristece, se le ve en el rostro, sus ojeras lo delatan y la cara se le vuelve pomulosa; a mí también, aunque él sigue comiendo, yo dejo de comer y a veces he pensado en no despertar. Mi perro aunque cada vez más sordo, sabe escuchar. Entendió que ya no iba a vivir con él ni lo iba a sacar a pasear todos los días (como antes), entendió cuando en ese momento le dije que estaba enamorada y tenía que volar. 

Los dos sabemos escuchar y callar cuando es necesario. Hugo y yo nos parecemos, hasta en el color. Nos gusta sonreír y mirar la luna cuando alumbra la tierra que habitamos.

 

 

 

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